¿Son los ultraprocesados el nuevo tabaco?

Tomarlos de vez en cuando no es ningún drama. Una bolsa de ganchitos viendo una peli en el cine no nos matará. El problema es cuando su consumo es estructural

La prestigiosa revista médica británica The Lancet lanzó la semana pasada una serie especial de artículos sobre la industria de los ultraprocesados. La publicación pasó el monóculo por más de un centenar de estudios prospectivos, metaanálisis y ensayos clínicos, y vio la luz acompañada de las firmas de 43 expertos mundiales, una carta de la OMS y un editorial de UNICEF. Sus conclusiones son impactantes: “la industria alimentaria amenaza la salud pública”.

En las últimas décadas, este sector ha dejado de dedicarse a la conservación y mejora de los alimentos a gran escala, para convertirse en una maquinaria multinacional de fabricación de sustitutos de la comida a base de ingredientes baratos y de poca calidad, compensados con colorantes, saborizantes y todo tipo de aditivos: pienso para humanos. Productos que desplazan las dietas locales preparadas con ingredientes frescos y poco procesados, y que contribuyen a la pandemia global de obesidad, diabetes, enfermedades metabólicas o cardiovasculares… y plástico.

Tomarlos de vez en cuando no es ningún drama. Una bolsa de ganchitos viendo una peli en el cine no nos matará. El problema es cuando su consumo es estructural: en España, en tres décadas, las calorías que ingerimos en ultraprocesados han pasado del 11% al 32%. Somos uno de los países europeos con mayor aceleración en este cambio hacia dietas ultraprocesadas. En Estados Unidos, ya representan un 70%.

Según los estudios, hoy, este conglomerado de empresas ha ocupado el lugar que a mediados del siglo XX ostentaban las grandes tabacaleras en términos de músculo financiero, poder de influencia y capacidad de impactar en la salud de los consumidores. El reportaje, interesantísimo y acompañado de gráficos tan claros como inquietantes, muestra que no podemos cargar sobre la gente corriente la responsabilidad de frenar a estos gigantes. Es una tarea política.

Los seres humanos hemos procesado los alimentos desde que el primer homínido se comió la pulpa de una fruta y descartó la cáscara. Ahumar, confitar y secar son formas de procesar para conservar, como lo son cocer legumbres en un tarro de cristal o triturar, freír y envasar tomate en latas para que dure meses. Estas soluciones tecnológicas han facilitado la vida a millones de familias en todo el mundo. Pero esta clase de procesado no es el problema.

A finales de los sesenta, la industria vio que podía adaptar la ingeniería militar, que había alimentado a los soldados con comida ligera e incorruptible durante dos guerras mundiales, al consumo de masas. Tanto el café soluble como los ganchitos derivan de un proceso de liofilización del plasma sanguíneo usado en hospitales de campaña. En 1943, a los Cheetos se les llamaba Jungle Cheese y eran alimento para comandos y operaciones especiales en la selva.

Las innovaciones en fertilizantes, pesticidas y la tecnificación de cultivos de finales de los setenta, junto con las subvenciones agrarias, provocaron el excedente de grano capaz de hinchar los ultraprocesados de ingredientes baratos como el jarabe de maíz y los almidones modificados.

Las grandes tabacaleras se subieron al carro (el gigante Kraft es de Philip Morris) y aplicaron a los snacks y las galletas las mismas técnicas de marketing que antes sirvieron para vender cigarrillos. La televisión les dio línea directa con cada salita de estar del universo.

Con la desregulación de la inversión extranjera en 1980 y la globalización, las estanterías de los supermercados se terminaron de llenar de comida que era imposible que los consumidores pudiesen reproducir en sus casas. Era comida mágica, científica y tecnológica: la comida del futuro. Y la mejor amiga de la mujer, que podía incorporarse masivamente al mercado laboral sin miedo a dejar la mesa familiar desatendida. Teniendo varitas de pescado ultraprocesadas en el congelador y cereales de desayuno en la alacena, todo estaba controlado.

Hasta ahora, la industria de los ultraprocesados basaba su defensa en apuntar que la mayoría de los estudios realizados para encontrar vínculos directos entre sus productos y enfermedades como el cáncer o la depresión eran observacionales, es decir, basados en encuestas. En este tipo de investigación, los científicos no intervienen directamente, sino que observan lo que la gente hace de forma natural y después buscan asociaciones entre esos hábitos y ciertos resultados de salud. Esto permite detectar patrones, pero no puede demostrar relaciones de causa–efecto con certeza absoluta, porque no controla elementos como el nivel socioeconómico, el estrés, el sedentarismo o hasta la masticación. Realizar un estudio no observacional implicaría encarcelar a miles de participantes en un ambiente controlado y forzarles a alimentarse de fruta y verdura o de patatas chips durante años, violando unos cuantos derechos humanos y otros tantos tratados internacionales por el camino.

Pero esta misma estrategia científica permitió vincular el tabaco con el cáncer, el amianto con los tumores de pleura y la contaminación atmosférica con las enfermedades respiratorias. Y hoy el trabajo de The Lancet puede marcar un punto de inflexión y significar un cambio de paradigma. La fuerza del conjunto de análisis y estudios presentados es robustísima y llama a tratar el conglomerado de empresas de los ultraprocesados como se trató a las grandes tabacaleras: como una cuestión de salud pública. Regular no es atacar la libertad: es la única forma de recuperarla.

Fuente: https://elpais.com/gastronomia/2025-11-28/son-los-ultraprocesados-el-nuevo-tabaco.html

La verdad sobre los alimentos ultraprocesados

En el supermercado, la mayoría de los productos empaquetados son ultraprocesados. Estos productos industriales están diseñados para ser deliciosos, baratos y duraderos, pero su impacto en nuestra salud es alarmante. Diferenciarlos de la comida real es el primer paso para cuidarse.

¿Qué diferencia un procesado de un ultraprocesado? Un alimento procesado puede ser saludable (como unas verduras congeladas, aceite de oliva o un yogur natural). Un ultraprocesado, en cambio, es una formulación industrial que contiene 5 o más ingredientes, muchos de los cuales son aditivos, azúcares añadidos, harinas refinadas y aceites de baja calidad. Básicamente, son productos comestibles, no comida real.

¿Por qué son tan adictivos? La industria alimentaria diseña estos productos para ser «hiperpalatables». Combinan la cantidad exacta de azúcar, grasa y sal para estimular el sistema de recompensa del cerebro, superando los mecanismos naturales de saciedad. Por eso es tan difícil comer solo una galleta, mientras que es raro darse un atracón de brócoli. Engañan a tu cerebro para que sigas comiendo.

¿Cómo afectan a tu salud a largo plazo? El consumo habitual de ultraprocesados se ha relacionado directamente con tasas más altas de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares e inflamación crónica. Al ser muy densos calóricamente pero pobres en nutrientes (fibra, vitaminas, minerales), nos sobrealimentan pero nos dejan desnutridos a nivel celular.

Enlace de referencia: https://sciencemediacentre.es/reacciones-al-estudio-que-relaciona-la-comida-ultraprocesada-con-32-efectos-sobre-la-salud-con

Europa toma medidas contra la publicidad engañosa de «comida basura» focalizada en menores

Bruselas se enfrenta a una creciente presión para eliminar la autorregulación de la publicidad en la industria alimentaria dirigida a los menores

El chocolate, las bebidas azucaradas y otros alimentos muy procesados son muy consumidos sobre todo por los niños.

Desde Escandinavia hasta los Balcanes, los gobiernos, desilusionados con un sistema en el que la industria fija sus propias normas de publicidad, están aplicando leyes más estrictas para proteger a los niños, y piden a la Comisión Europea que haga lo propio con una legislación vinculante.

En abril, Noruega anunció la prohibición de anuncios publicitarios dirigidos a menores -incluidos los destinados a persuadir a adultos- de productos como el chocolate, los dulces para untar, las bebidas energéticas y la comida rápida salada y con exceso de grasa.

La medida fue adoptada tras un estudio de 2021 según el cual una quinta parte de los alumnos de primaria del país tenían sobrepeso o eran obesos.

En breve, Noruega contará con la ley de publicidad más estricta de Europa para proteger a los niños, pero no es el único país que quiere atajar este problema de salud.

Bulgaria sopesa prohibir los anuncios de bebidas energéticas dirigidos a menores, mientras que Dinamarca anunció recientemente que endurecerá su Ley de Comercialización y tomará medidas enérgicas contra los anuncios de alimentos y bebidas poco saludables dirigidos a los niños.

Según el Ministerio danés de Sanidad, las empresas han infringido reiteradamente el código de conducta de la industria alimentaria de no hacer publicidad de alimentos poco saludables dirigida a los niños.

«Por eso tenemos que endurecer la legislación», explicó recientemente el mnistro de Industria y Comercio, Morten Bødskov, una medida que muchos esperan que siga la UE.

Autorregulación de la industria, ¿es eficaz?

La publicidad de alimentos poco saludables dirigida a los niños se rige en gran medida por el «Compromiso de la UE», un plan voluntario aprobado en 2007 por la Federación Mundial de Anunciantes (WFA).

En virtud de ese texto, las empresas alimentarias se comprometen a realizar una publicidad responsable dirigida a los niños, pero establecen sus propias normas y controlan su cumplimiento.

«Hay un abismo enorme entre lo que la investigación dice que tenemos que hacer en asuntos de marketing y lo que la Comisión ha hecho hasta ahora», explica Emma Calvert, Subdirectora de Alimentación de la Organización Europea de Consumidores (BEUC, por sus siglas en inglés).

«Sabemos que la comercialización de alimentos poco saludables repercute en la obesidad infantil, sabemos que los niños están inundados de esos anuncios», agrega.

Por su parte, Will Gilroy, director de comunicación de la Federación Mundial de Anunciantes (WFA, por sus siglas en inglés), asegura que una vez que las empresas lo firman «deja de ser voluntario porque es un compromiso corporativo».

Por otro lado, según Gilroy, Bruselas considera ese compromiso una «forma muy creíble de autorregulación».

Los índices de obesidad en Europa exponen un panorama muy diferente, especialmente fuera de Noruega, donde las cifras son aún más elevadas.

Casi uno de cada tres niños (el 29% de los niños y el 27% de las niñas) en Europa tiene sobrepeso o es obeso.

Un estudio británico publicado en mayo reveló que sólo cinco minutos de exposición a la publicidad de alimentos de marca tienen un efecto claro: tras sólo cinco minutos de exposición, los niños consumieron 58 calorías adicionales en la merienda y 73 en la comida , casi el equivalente a una barrita de cereales de 100 calorías.

Calvert sostiene que no hay que depender de las promesas de la industria.

«Dejar que la industria alimentaria decida qué es aceptable anunciar a los niños es como dejar al zorro a cargo del gallinero», subraya.

¿Nueva legislación?

Las principales empresas alimentarias que respaldan el Compromiso de la UE -incluidas Mondelēz, Nestlé, McDonald’s, Coca-Cola, Danone y Ferrero- han clasificado los pasteles y las galletas de «bastante saludables» para hacer publicidad dirigida a los niños.

Según Calvert, eso revela la debilidad del sistema a la hora de proteger a los jóvenes consumidores.

Por ello, la eurodiputada insta a la Comisión Europea a proponer legislación vinculante antes de 2026.

Por otra perte, Alessandro Gallina, director de políticas de prevención de enfermedades no transmisibles de la Alianza Europea de Salud Pública, se hizo eco de ese llamamiento.

En su opinión, la Comisión Europea tiene «la responsabilidad esencial de aplicar una legislación vinculante que vaya más allá de las medidas superficiales de autorregulación para proteger adecuadamente a los niños».

Preguntado por Euractiv, un portavoz de Bruselas se remitió a la Directiva de Servicios de Medios Audiovisualesque limita la publicidad nociva para los niños pero se basa en la «corregulación» y en el «fomento de la autorregulación mediante códigos de conducta».

El portavoz indicó que las conclusiones del Plan de Acción de la UE sobre Obesidad Infantil, cuya presentación está prevista para finales de este año, «contribuirá a informar a los Estados miembros sobre posibles acciones futuras para abordar la obesidad infantil.»

Sin embargo, es poco probable que la prohibición de la publicidad de alimentos dirigida a los niños figure entre las recomendaciones.

Bibliografía: https://euractiv.es/news/europe-loses-appetite-for-junk-food-ads-aimed-at-children/

Cómo transformar una pizza ultraprocesada a saludable

El incremento del consumo de alimentos ultraprocesados en la dieta mundial se ha convertido en un desafío urgente para la salud pública. El creciente consumo de alimentos ultraprocesados está transformando la dieta a nivel mundial, desplazando los alimentos frescos y mínimamente procesados.

Actualmente, vivimos en un mundo donde nuestras opciones alimentarias están cada vez más dominadas por alimentos ultraprocesados, lo que contribuye al aumento de los niveles mundiales de obesidad, diabetes y problemas de salud mental. Por ello es necesario que los gobiernos regulen eficazmente, las comunidades se movilicen y las dietas más saludables sean accesibles y asequibles para todos.

Pizza saludable

La nutricionista Sandra Moñino, en su libro Adiós a la inflamación (Ed. HarperCollins), explica que las harinas refinadas son un alimento inflamatorio. ¿Qué debemos hacer? «Hay que utilizar harinas integrales o de grano completo porque esto es lo que va a hacer que esos picos de glucosa en sangre se estabilicen y no nos generen inflamación. Si queremos utilizar harina de trigo, que sea integral. Si queremos utilizar harina de espelta, que sea espelta integral. Yo siempre me decanto por harina de espelta integral, centeno integral, trigo sarraceno, avena y almendra».

A la hora de hacer una buena pizza, la experta explica en un vídeo de TikTok, cómo realizarla para que sea saludable, además de rica. «En un bol añadir un huevo, 150 ml de agua, una pizca de sal, una cucharada sopera de aceite de oliva virgen extra y, tras batir, añadir un cacito de harina de avena, otro de trigo sarraceno y otro de harina de almendra. En un papel vegetal se vierte la masa y se extiende. Se mete al horno durante cinco minutos a 200°. Una vez cocida la base de la pizza se agregan los ingredientes favoritos y se hornea durante siete minutos».

Qué pasa con el pan

El pan es un alimento básico que forma parte de la dieta tradicional de todos los hogares españoles, pero su consumo en los últimos años ha caído, entre otras razones, por ser uno de los alimentos ‘prohibidos’ de muchas dietas.

En realidad, los nutricionistas desaconsejan el consumo del pan del supermercado elaborado con harinas blancas desprovistas de nutrientes y ricas en almidón, algo que, según explica Elisa Blázquez provoca una subida de glucosa en sangre desproporcionada: «Su consumo diario se relaciona con el aumento de peso y la resistencia a la insulina» y añade: «La industrialización de la elaboración del pan hace que se pueda producir mucho pan en muy poco tiempo. Los nuevos métodos de elaboración requieren de aditivos químicos para poder conseguir la textura, aroma y sabor de los panes tradicionales».

Así pues los profesionales aconsejan el consumo de pan que se elabore con harinas de grano entero, a poder ser integral, que aporta fibra, vitaminas B1, B6 y magnesio y en los que se emplee un tiempo determinado de cocción.

https://www.eldebate.com/salud-y-bienestar/bienestar/alimentacion/20251120/como-transformar-pizza-ultraprocesada-saludable_356672.html

La invasión de los ultraprocesados

Los alimentos ultraprocesados han pasado de ser una opción puntual a ocupar un espacio central en nuestra alimentación diaria. Según una serie de revisiones publicadas en The Lancet, su consumo masivo ya es una amenaza real para la salud pública. La OMS y UNICEF alertan de que estas preparaciones industriales —baratas, adictivas y ampliamente publicitadas— están desplazando las dietas tradicionales en todo el mundo.

Un control global de unas pocas multinacionales

El informe señala a unas pocas empresas que dominan el mercado y comparan sus tácticas con las de la industria tabacalera: presión política, manipulación de la opinión pública y campañas de marketing multimillonarias. Mientras tanto, el consumo de ultraprocesados crece sin freno, especialmente en países en desarrollo, y en España se ha triplicado en solo dos décadas.

Riesgos para la salud

La evidencia científica revisada asocia estos productos con obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, depresión y mayor mortalidad. A pesar de los debates sobre la clasificación NOVA, los expertos coinciden en que es urgente actuar: mejorar el etiquetado, gravar los productos insanos, limitar su publicidad y aplicar políticas globales que prioricen la salud sobre el beneficio corporativo.

Impacto ambiental

Los ultraprocesados no solo dañan nuestro organismo; también perjudican al planeta. Su producción intensiva, transporte y envases plásticos multiplican su impacto ambiental. Frenar su expansión requiere algo más que decisiones individuales: hace falta transformar el sistema alimentario y recuperar una relación más saludable y sostenible con la comida.

BIBLIOGRAFÍA:

https://elpais.com/salud-y-bienestar/2025-11-19/la-invasion-de-los-ultraprocesados-un-centenar-de-estudios-denuncia-como-la-industria-alimentaria-amenaza-la-salud-publica.html

La infobesidad, una epidemia silenciosa

Picoteamos información en las redes al igual que antes comíamos a deshoras y, lo que es peor, nos conformamos con contenidos ultraprocesados

Jessie Inchauspé, una bioquímica francesa que se quedó parapléjica tras decidir tirarse de una cascada en Háwai se marcó un propósito vital: cuidar de la salud propia y ajena. Lideró una investigación sobre los efectos de la glucosa en el organismo con una ingente cantidad de datos obtenidos a partir de mediciones de azúcar en sangre tras la ingesta de distintos alimentos, combinados de formas diferentes o consumidos en momentos distintos del día y en estados emocionales dispares. Este trabajo sirvió de base para su libro La revolución de la glucosa (Diana Editorial, 2022), en el que desgrana su metodología y propone una serie de pequeños cambios cotidianos para mantener estables los niveles de glucosa.

Las redes sociales han amplificado la difusión de las dietas antiinflamatorias. Sin embargo, mientras llenamos la despensa de nueces, brócoli y omega 3, otro trastorno inflamatorio se ha colado en nuestras vidas y no lo hemos visto venir. Ha llegado de la mano del exceso de información. La denominada “infobesidad” define una nueva enfermedad social caracterizada por la saturación de los espacios donde nos informamos y el exceso de canales.

Hemos entrado en la era de la inflamación informativa. Las redes sociales se revelan como el azúcar digital que provoca picos de dopamina a cada notificación. Picoteamos información al igual que antes comíamos a deshoras y, lo que es peor, nos conformamos con contenidos ultraprocesados que nos distraen un segundo, pero no alimentan. Somos la mercancía de una industria que busca nuestra atención a cualquier precio y vivimos saturados de estímulos. Y una sociedad saturada no contrasta, no filtra ni profundiza. La inflamación afecta negativamente a capacidades como la atención, la concentración, el análisis pausado y nos instala en una inmediatez emocional que beneficia a quien opera desde la polarización o la manipulación.

Seguiremos viviendo apabullados por un tsunami informacional si no hacemos algo por evitarlo. De la misma forma que hemos aprendido a comer sin inflamarnos podemos aprender a marcar los límites de nuestro régimen de información. En este punto necesitamos pensar, que es como masticar despacio. Reducir los canales y las notificaciones de nuestro móvil, definir el tiempo que queremos dedicar a informarnos o entretenernos, buscar proteína informativa que nos alimente de verdad, como un buen libro, un reportaje trabajado, un documental, pero también seleccionar con mayor espíritu crítico lo que las redes sociales son capaces de ofrecernos. Es el momento de delimitar el perímetro de nuestra vida fuera de las pantallas para proteger nuestras capacidades intelectuales que son la puerta abierta a nuestra libertad.

Bibliografía

https://elpais.com/opinion/2025-11-03/la-infobesidad-una-epidemia-silenciosa.html