El investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Miguel Herrero aborda en su libro Los bulos de la nutrición la proliferación de afirmaciones sin fundamento en torno a la alimentación, y aporta evidencia científica para desmontarlas.
¿Qué aborda en su obra?
Herrero analiza de forma rigurosa una serie de creencias populares —como “lo ecológico es mejor que lo convencional”, “el azúcar moreno es mucho más sano que el blanco” o “las bebidas vegetales imitan perfectamente a la leche”— y muestra con datos que muchas de estas afirmaciones no se sostienen.
- Sobre los productos ecológicos vs. convencionales: no existe evidencia científica que demuestre que lo ecológico sea nutricionalmente superior; lo que sí puede cambiar es el precio.
- En cuanto al azúcar blanco frente al moreno: aunque el moreno suele tener algo más de impurezas y quizá algo menos de porcentaje puro de sacarosa, en la práctica la diferencia en términos de salud es mínima.
- Respecto a mantequilla vs. margarina: ambas son altamente grasas; la margarina puede tener ventaja al no aportar colesterol, pero si la mantequilla se consume ocasionalmente, tampoco presenta un problema grave.
- Sobre las bebidas vegetales (“leches vegetales”): Herrero advierte que muchas se procesan para parecer leche, pero carecen de nutrientes que la leche aporta de forma natural, y muchas están ultraprocesadas.
- Y otro mito extendido: el de “el zumo de naranja pierde vitaminas si no se bebe inmediatamente”. Según el autor, la degradación no es tan crítica como se dice, por lo que la afirmación se ha perpetuado más por costumbre que por evidencia.
¿Por qué es importante este tipo de análisis?
En un entorno saturado de información —y desinformación— sobre alimentación, resulta esencial poder distinguir lo que tiene respaldo científico de lo que es puro “boca-oreja” o “modo de vida saludable” popular. Al desmontar estos mitos, se favorece una alimentación más informada, más realista y más accesible para todos.
Reflexión final
El mensaje de Herrero invita a pensar la nutrición desde la evidencia y no desde la moda. No se trata de demonizar alimentos ni de buscar fórmulas mágicas, sino de adoptar hábitos razonables, seleccionados en función de datos fiables, y sin que el consumidor pague de más por ideas que no están avaladas.




