Aceite de oliva virgen extra El aceite de oliva virgen extra (AOVE) es un pilar de la dieta mediterránea, consistentemente asociado con la longevidad. Es una fuente rica en antioxidantes, polifenoles y grasas saludables, lo que ayuda a reducir la inflamación corporal. Su consumo diario previene la aparición de enfermedades cardiovasculares y, según estudios de Harvard, se vincula con un menor riesgo de dolencias neurodegenerativas, cáncer y muerte prematura.
Frutos secos El consumo de frutos secos, ricos en grasas saludables, fibra y antioxidantes, reduce el riesgo de enfermedades cardíacas. Las nueces son especialmente recomendadas por su contenido de Omega-3 y magnesio, que bajan la inflamación. Un estudio de Harvard de 2021 asocia su ingesta habitual con una menor mortalidad y mayor esperanza de vida.
Legumbres Las legumbres son una fuente vegetal excelente de proteínas, fibra, hierro y antioxidantes. Ayudan a controlar el colesterol y tienen un bajo índice glucémico. Su consumo habitual se relaciona con el buen estado nutricional de poblaciones longevas, como los centenarios de Rugao (China), sugiriendo un vínculo con la longevidad global.
Pescado azul Pescados como el salmón, la caballa, las sardinas y el atún son ricos en Omega-3, proteínas y vitaminas. Su consumo reduce la inflamación y el riesgo de enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas. El pescado azul es una alternativa saludable a las carnes rojas, asociadas a mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2. Además, la OMS recomienda consumir un mínimo de cinco porciones diarias de frutas o verduras.
Verduras crucíferas y verduras de hoja verde oscuro Las crucíferas (brócoli, coliflor, etc.) son ricas en antioxidantes y contienen glucosinolatos, asociados a la prevención del cáncer. Las verduras de hoja verde oscura (espinacas, kale, etc.) son altas en vitaminas A, C, K y fibra. Ambas categorías de verduras se vinculan con la disminución del riesgo de enfermedades cardiovasculares y la prevención del deterioro cognitivo.
Frutos rojos Los frutos rojos (arándanos, fresas, etc.) deben su color a los flavonoides, compuestos asociados a la reducción del deterioro cognitivo y la mejora de la salud cerebral. Poseen un alto contenido antioxidante. Expertos destacan el consumo de arándanos por sus vitaminas y antioxidantes, que protegen contra infecciones y se relacionan con la prevención del cáncer y el aumento de la longevidad. Todos estos alimentos, base de la dieta mediterránea, son clave para una buena salud.
Las bebidas energéticas están por todas partes: en el gym, en la biblioteca, en el metro a primera hora y hasta en las noches de estudio desesperado. Parecen inofensivas, casi un aliado cotidiano, pero lo cierto es que la relación que tenemos con ellas es más compleja de lo que parece.
El gran gancho es la promesa: más concentración, más energía, más rendimiento. Y sí, la cafeína hace su trabajo. El problema llega cuando ese “empujón” se convierte prácticamente en una muleta diaria. Muchos jóvenes terminan tomando dos o tres latas al día sin darse cuenta de que el cuerpo va acumulando efectos secundarios: insomnio, ansiedad, palpitaciones… incluso problemas digestivos que nadie asocia a la bebida que parecía tan inocente.
Lo irónico es que nuestras necesidades reales suelen ser mucho más básicas: dormir más, hidratarnos mejor, o simplemente descansar la mente. Pero es más fácil abrir una lata que parar un momento y escuchar al cuerpo. Por eso es tan importante entender qué estamos consumiendo: cantidades enormes de azúcar (aunque diga “zero”), estimulantes extra, vitaminas añadidas que no siempre necesitamos y un chute de cafeína pensado para mantener despierto a un búho.
Eso no significa que haya que demonizarlas. No pasa nada por tomarlas de forma puntual. El problema comienza cuando se vuelven parte de la rutina, un parche rápido que tapa el cansancio pero no lo resuelve. Y sí, pueden encajar en un estilo de vida equilibrado, pero solo si entendemos sus límites y no las convertimos en nuestra fuente principal de energía.
Al final, lo que tu cuerpo intenta decirte es que la energía de verdad no viene en una lata. Y cuanto antes lo escuchemos, mejor.
La desnutrición significa que el cuerpo no está recibiendo suficientes calorías o el balance adecuado de nutrientes para estar saludable. Esto puede suceder si no consume suficientes proteínas, carbohidratos y grasas, si se come demasiados alimentos poco saludables o no obtiene las vitaminas y los minerales que su cuerpo necesita.
Tipos de desnutrición
sLos tipos de desnutrición incluyen:
Desnutrición proteico-energética, también conocidas como desnutrición por macronutrientes. Ocurre cuando el cuerpo no obtiene suficientes proteínas o calorías de los alimentos.
Estado nutricional desequilibrado, se produce cuando no se obtiene la combinación adecuada de nutrientes.
Enfermedades por deficiencia de vitaminas, se presentan cuando el cuerpo no obtiene suficientes cantidades de determinadas vitaminas. Sin las vitaminas adecuadas, el cuerpo no puede mantenerse sano y puede desarrollar enfermedades específicas.
Retraso en el crecimiento, que se produce cuando los niños no suben de peso o no crecen como se espera. Esto puede deberse a una alimentación insuficiente o a otros problemas de salud.
Sobrealimentación que ocurre cuando el cuerpo recibe demasiadas calorías o nutrientes. Puede provocar obesidad entre otros problemas de salud.
Causas de la desnutrición
Puede ocurrir por varias razones que incluyen:
Una dieta desbalanceada que carece de variedad o de nutrientes específicos
Ciertas medicinas que pueden afectar el olor y el sabor de la comida
No poder obtener alimentos o cocinarlos por factores como afecciones crónicas, problemas de movilidad o bajo ingreso
Síntomas de la desnutrición
Los síntomas de la desnutrición pueden variar. Podría incluso no tener síntomas, pero si los tiene pueden incluir:
Fatiga y debilidad
Pérdida de peso no intencional
Mareos
Bajo peso corporal
Crecimiento o desarrollo lento en niños
Infecciones frecuentes o curación retardada
Piel seca o cabello y uñas frágiles
Inflamación de las piernas, pies o abdomen
Tratamientos para la desnutrición
Los tratamientos para la desnutrición incluyen la mejora de la dieta, reemplazar los nutrientes deficientes y atender la causa raíz.
¿Se puede prevenir la desnutrición?
Para prevenir la desnutrición, se debe de consumir una dieta saludable con alimentos variados. Converse con su profesional de la salud si le preocupa su dieta, pérdida de peso o el desarrollo de su hijo. https://medlineplus.gov/spanish/malnutrition.html
Si un adulto se encuentra enfermo o está recibiendo tratamiento para el cáncer, lo más seguro es que no quiera comer. Pero es imprescindible consumir suficientes proteínas y calorías para no perder peso. Comer bien ayudará a manejar mejor la enfermedad y los posibles efectos secundarios del tratamiento.
Cuidados personales
Es posible los hábitos alimentarios para obtener más calorías. Esto se puede conseguir si se come cuando se tiene hambre no solo en las horas de comida. También es preferible realizar 5 o 6 comidas pequeñas que 3 grandes al día. Entre otros hábitos se encuentra; mantener refrigerios saludables a mano y no llenarse con líquidos antes o durante las comidas
Además, se debe convertir el hecho de comer en algo agradable; para ello se debe utilizar una iluminación suave, comer con la familia o amigos o escuchar la radio.
Formas de agregar calorías a los alimentos
Se puede añadir calorías a sus alimentos, en caso de que el proveedor diga que está bien; añadiendo mantequilla o margarina a los alimentos mientras se cocinan o en los alimentos ya cocidos, salsa de crema o queso derretido a las verduras y comer emparedados con mantequilla de maní o poniendo esta en verduras o frutas.
Además, se puede mezclar leche entera o leche y crema con las sopas enlatadas, agregar suplementos proteínicos al yogur, las malteadas, los licuados de frutas o el budín y añadir miel a los zumos.
Igualmente se debe preguntar al proveedor respecto a cualquier medicamento que pueda estimular el apetito para ayudarlo a comer.
El consumo de alimentos ultraprocesados vuelve a ponerse en el punto de mira de los expertos en nutrición y salud intestinal. Un estudio reciente, realizado con casi 30.000 mujeres menores de 50 años, confirma la relación entre este tipo de productos y el riesgo de desarrollar adenomas colorrectales, esos pólipos que pueden evolucionar a cáncer de colon si no se detectan a tiempo. Lo que llama especialmente la atención es que la investigación destaca cómo la alimentación puede afectar la salud intestinal incluso en personas jóvenes, no solo en adultos mayores.
Según los datos del estudio, las participantes que consumían unas 10 porciones diarias de ultraprocesados tenían un 45 % más de riesgo de desarrollar estos adenomas en comparación con quienes consumían solo tres porciones al día. Este hallazgo es significativo porque demuestra que no hace falta esperar a la edad adulta para que la dieta empiece a influir en el riesgo de problemas intestinales graves. Además, los resultados se mantuvieron incluso al ajustar otros factores de riesgo, como el índice de masa corporal, la presencia de diabetes tipo 2 o el consumo de fibra, lo que refuerza la idea de que los ultraprocesados por sí mismos representan un riesgo independiente.
Por otro lado, el estudio observó que no había una relación clara entre los ultraprocesados y otro tipo de lesiones precursoras del cáncer, conocidas como “lesiones serradas”, lo que sugiere que los efectos del exceso de alimentos procesados podrían ser más específicos de ciertos tipos de pólipos. Aun así, los expertos recuerdan que esta investigación subraya la importancia de revisar nuestros hábitos alimentarios desde edades tempranas y prestar atención a la calidad de los alimentos que consumimos a diario.
El mensaje es claro: reducir el consumo de ultraprocesados puede ser una de las estrategias más efectivas para prevenir el aumento de casos de cáncer colorrectal en personas jóvenes. Productos como snacks industrializados, refrescos azucarados, bollería empaquetada o comidas preparadas con alto contenido de aditivos y conservantes deberían ser disfrutados con moderación, mientras que una dieta basada en alimentos frescos, frutas, verduras, legumbres y cereales integrales sigue siendo la mejor aliada para cuidar la salud intestinal.
Aunque la dieta es un factor crucial, los investigadores también recuerdan que no es el único que influye en el riesgo de desarrollar adenomas o cáncer colorrectal. La genética, el estilo de vida, la actividad física y otros factores ambientales también juegan un papel importante. Sin embargo, la ventaja de la alimentación es que es un aspecto sobre el que sí podemos actuar, y hacer cambios desde jóvenes puede marcar una gran diferencia a largo plazo.
Un total de 32 cooperativas se han unido para impulsar la marca ‘Producto Cooperativo’ en el mercado nacional, con el objetivo de diferenciar los productos elaborados bajo el modelo cooperativo y garantizar su origen y la contribución de estas entidades a la economía local y al desarrollo sostenible, según ha informado Cooperativas Agro-alimentarias de España.
«Se trata de una marca que enaltece el sabor auténtico y natural de los productos cooperativos, permitiendo a las personas consumidoras identificarlos y adquirirlos, atraídas por su origen, calidad y compromiso con el territorio», ha destacado el presidente de Cooperativas Agro-alimentarias de España, Ángel Villafranca.
En concreto, algunos de los productos adheridos a esta marca colectiva en proceso de expansión son los vinos, aceite de oliva, frutas y hortalizas frescas, conservas vegetales, frutos secos, leche, quesos, miel, azúcar, pimentón, carne y embutidos.
De hecho, los promotores del proyecto han subrayado que son productos «directos del campo español, de máxima frescura, calidad y sostenibilidad».
Por otra parte, la entidad ha mostrado un estudio de Kantar, realizado a partir de encuestas, que indica que el 40% de los hogares «saben» lo que son las marcas de cooperativas y el 60% de quienes conocen marcas de cooperativas las compran.
Si bien el aceite de girasol es uno de los más utilizados en la cocina cotidiana, su reputación se ha visto cuestionada en los últimos años. No se trata de un aceite “malo” en sí mismo, ya que hay que tener en cuenta que su composición y uso determinan sus efectos sobre la salud.
Existen diferentes tipos de aceite de girasol, y esa distinción es clave (poca gente lo sabe). El aceite refinado, el más común en supermercados, pierde gran parte de los antioxidantes naturales y vitaminas presentes en el aceite virgen. Esto lo hace menos beneficioso que el aceite de oliva, que conserva compuestos como los polifenoles y el ácido oleico, responsables de mejorar la salud cardiovascular. No obstante, el aceite de girasol sigue aportando grasas insaturadas saludables, vitamina E y fitonutrientes que contribuyen al equilibrio nutricional.
Dentro del girasol, una variedad especialmente relevante es el aceite “alto oleico”, que contiene más ácido oleico, similar al de la oliva. Esta versión es más estable al calor, lo que la hace adecuada para frituras y cocciones prolongadas sin degradarse tan rápido como el aceite convencional. Además, al ser más resistente a la oxidación, conserva mejor sus propiedades saludables.
El comportamiento del aceite de girasol al calentarse también es importante. Por ser más poliinsaturado que el aceite de oliva, se oxida más fácilmente cuando se expone a altas temperaturas. Esto no significa que freír con girasol sea automáticamente dañino, pero sí que conviene no reutilizarlo muchas veces: dos o tres frituras es el límite recomendable para mantener su seguridad y sabor.
En la práctica, el aceite de girasol funciona bien para aliños, salsas y preparaciones en frío, mientras que para frituras o cocciones intensas conviene preferir aceites más estables. Su sabor neutro y su versatilidad lo hacen ideal para quienes buscan un aceite ligero que no altere el perfil de otros ingredientes.
En definitiva, el aceite de girasol no es perjudicial si se elige con cuidado y se usa correctamente. Su valor nutricional depende de la variedad, la calidad y el tipo de cocinado, y puede formar parte de una dieta equilibrada sin problemas, siempre que se combine con hábitos saludables y con aceites más ricos en antioxidantes cuando la preparación lo requiera. No hay que demonizarlo.
Una copa de vino al día es un concepto común en la cultura popular, sin embargo, la ciencia contemporánea apoyada en estudios mejor estructurados es contundente: no se debe considerar como un hábito beneficioso para la salud. A pesar de que estudios previos indicaban ventajas, los análisis recientes muestran que estas afirmaciones eran un engaño estadístico y que el consumo de cualquier cantidad de alcohol implica peligros para la salud.
El Origen del Mito La creencia en los beneficios del vino se popularizó en la década de 1990, principalmente por dos conceptos clave:
La «Paradoja Francesa», idea formada a partir de la observación de los franceses que, a pesar de sostener una dieta rica en grasas saturadas, tenían una menor incidencia de enfermedades cardíacas. Con el tiempo, una hipótesis ampliamente difundida atribuyó este efecto protector al consumo regular de vino tinto.
El resveratrol: Se identificó este compuesto antioxidante en la uva, al que se le atribuyeron propiedades cardioprotectoras y antienvejecimiento en estudios de laboratorio . Sin embargo, la cantidad de resveratrol en una copa de vino es mínima; se necesitarían más de 100 copas para alcanzar la dosis utilizada en algunos estudios con animales, haciendo inviable e inseguro obtener beneficios por esta vía.
La evidencia actual: ¿Qué nos dice la ciencia sólida?
El metaanálisis de 2023 (JAMA Network Open) abarcó 107 investigaciones y casi 5 millones de personas, determinó que el consumo bajo o moderado de alcohol no está relacionado con un menor riesgo de muerte. De hecho, el riesgo de fallecimiento prematuro aumenta considerablemente después de tres copas al día.
Por otro lado, no hay un nivel seguro, ya que tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como investigaciones recientes han sido claras al respecto: no hay ningún nivel de consumo de alcohol que sea seguro para la salud. El alcohol se clasifica como un carcinógeno de Grupo 1 (igual que el tabaco y el asbesto) y se asocia a varios tipos de cáncer, incluidos los de boca, garganta, esófago, hígado, colon y mama.
Además, se debe considerar el riesgo cardiovascular frente al riesgo de cáncer, pues, aunque existe alguna evidencia muy específica que sugiere un posible beneficio para el corazón en ciertos grupos, este posible efecto positivo no compensa el aumento del riesgo de cáncer que se observa incluso con niveles bajos de consumo.
Por lo tanto, una copa de vino no es saludable una vez al día, la ciencia moderna ya lo ha desmentido en múltiples estudios y por ende, Los beneficios atribuidos al vino, como los antioxidantes, se pueden obtener de forma mucho más segura y eficiente ingiriendo otros alimentos como arándanos, chocolate negro, maní y pistachos.
Si alguna vez has devorado un plato de comida mirando la televisión o scrolleando en tu móvil, para solo unos minutos después sentir un vacío en el estómago y ganas de picar algo más, tienes que saber que no eres el único. Esta común situación paradójica tiene hoy una explicación científica fascinante que va más allá de lo que hay en tu plato y se adentra en los mecanismos de tu memoria.
Un estudio pionero de la Universidad del Sur de California, liderado por el neurocientífico Scott Kanoski, ha revelado la existencia de las «neuronas de la comida» . Estas células especializadas, localizadas en el hipocampo —una región clave para la memoria—, son las responsables de crear «engramas de comida», es decir, las huellas físicas que deja un recuerdo sobre lo que hemos comido.
Cómo se relacionan la memoria y el apetito
La investigación describe cómo estas neuronas no solo archivan lo que comemos, sino también detalles del contexto, como el lugar y la hora de la comida. Este registro es crucial porque, una vez completado, el hipocampo se comunica con el hipotálamo, que es el centro regulador del hambre en el cerebro, para indicarle que el cuerpo ya está satisfecho.
El problema surge cuando el sistema en cuestión experimenta fallos. Según el equipo de investigadores, si este sistema falla, el cerebro puede «olvidar» qué se ha comido, lo que provoca la aparición de hambre y puede llevar a comer en exceso. En experimentos con modelos animales, cuando se bloqueaba esta comunicación, los sujetos comían de forma compulsiva y no recordaban su última comida.
Nuestro gran obstáculo: la distracción
Lo que más interfiere con la correcta formación de estos recuerdos son las distracciones durante las comidas. Como el estudio señala, los recuerdos de comida se consolidan en los breves intervalos entre bocado y bocado, momentos en los que el cerebro se dedica a evaluar el entorno. Si nuestra atención está capturada por una pantalla, el cerebro no cataloga adecuadamente la experiencia, dejando un registro incompleto, similar a «una fotografía desenfocada».
Sin esta especie de registro mental claro, la señal de saciedad se debilita significativamente, y la sensación de hambre aparece mucho antes, incluso después de una comida nutritiva y abundante.
Por ello, es recomendable seguir los siguientes consejos si quieres que la distracción no se apodere en tus comidas:
– Evitar las pantallas en las comidas, bien sea desconecta de la televisión, el móvil o el ordenador durante la ingesta.
– Practicar la conciencia plena prestando atención a los sabores, aromas y texturas de los alimentos con cada bocado.
– Hacer pausas: No hay que tener prisa a la hora de comer, es incluso aconsejable respirar y hacer pequeñas pausas durante la comida.
– Observa el plato y dedica unos instantes a observar y describir mentalmente tu comida antes de empezar.
– Mantener horarios regulares: De esta manera, ayudas a tu cerebro a anticiparse a la ingesta y registrar así las comidas más fácilmente.
Un equipo de la Universidad de Alicante ha desarrollado una técnica basada en ultrasonidos para aprovechar los restos de chufa utilizada en la producción de horchata, de la que extraen aceites vegetales con propiedades parecidas al aceite de oliva y fibras dietéticas, que pueden emplearse para nuevos alimentos funcionales.
La horchata es una de las joyas gastronómicas de la Comunidad Valenciana. Consumida preferentemente en verano, esta bebida vegetal cuenta con un alto valor nutricional y unas propiedades que la convierten en un refresco natural muy saludable. Además de una solución contra el calor, la horchata puede tener otra vida, ya que, si se aprovechan bien, los restos de chufa empleados en su producción son fuente de aceite y fibras dietéticas.
Anualmente, la producción de horchata origina 1,8 millones de kilos de subproducto de chufa, un material rico en nutrientes como carbohidratos, lípidos, proteínas fibras y compuestos fenólicos, que, en el mejor de los casos, se emplea para alimentación animal, pero que por lo general acaba en plantas de tratamiento de restos vegetales.
Aceites vegetales y fibras dietéticas a partir de restos de chufa
El grupo de investigación de Química Analítica y Circular de la Universidad de Alicante ha decidido poner en valor la materia orgánica resultante de la producción de esta sabrosa bebida, mediante un proceso de economía circular, del que obtienen aceites vegetales con unas propiedades parecidas a las del aceite de oliva y fibras dietéticas, que pueden emplearse en la producción de nuevos alimentos y de productos funcionales.
La revalorización de los restos resultantes de la producción de la horchata se lleva a cabo mediante una estrategia innovadora, sostenible y eficiente, basada en un proceso de una sola etapa. Concretamente, el método desarrollado por el grupo de Química Analítica y Circular consiste en un proceso de extracción acuosa enzimática asistida por ultrasonido.
En un artículo publicado en la revista científica Food and Bioprocess Technology, el grupo alicantino propone esta técnica como «una alternativa sostenible a los métodos convencionales de extracción de aceite», y demuestra su potencial para recuperar fracciones funcionales de alto valor como aceite y fibra dietética.
Material de valor en los restos de chufa
Antes de iniciar el proceso de recuperación de los residuos de chufa, Aránzazu Valdés y Ana Beltrán, autoras principales de la investigación, querían saber con total certeza los elementos contenidos en la biomasa. Para ello la sometieron a un proceso de caracterización, para el que previamente necesitaron secarla a una temperatura de 40 grados centígrados.
Los análisis posteriores demostraron que los restos de chufa están compuestos, en promedio, de un 20.6 por ciento de grasa y un 70.4 por ciento de carbohidratos, cifras que los convierten en un material idóneo para su revalorización mediante procesos de biorrefinería.
Cómo se extraen los elementos de valor
Aprovechando esta composición, el equipo de investigación de la Universidad de Alicante diseñó una estrategia experimental utilizando un diseño estadístico Box-Behnken para optimizar las condiciones de extracción. En el proceso emplearon agua como disolvente, con el objetivo de minimizar el impacto ambiental, y una mezcla equimolar de tres enzimas: celulasa, hemicelulasa y pectinasa, que actúan conjuntamente para degradar las paredes celulares vegetales y liberar los compuestos internos. El tratamiento se aplicó con un homogeneizador ultrasónico de 500 W, que mediante cavitación favorece la disrupción de las células vegetales.
Tras diversos ensayos, el equipo determinó que las condiciones óptimas para maximizar la extracción de aceite eran treinta minutos de tratamiento, ocho ciclos de ultrasonido y 0.5 gramos de muestra, con un rendimiento final de extracción de aceite del 14.56 por ciento.
Aunque este valor es inferior al de algunos métodos híbridos más intensivos, como los que combinan microondas y ultrasonido, las investigadoras de la Universidad de Alicante lo consideran «altamente competitivo dada la simplicidad del procedimiento, el bajo consumo energético y, sobre todo, la ausencia de disolventes orgánicos».
Aceites comparables a los de oliva y fibras dietéticas
Tras la extracción, se obtuvieron dos fracciones diferenciadas: la fracción oleosa y la fracción fibrosa, que fueron sometidas a un análisis exhaustivo desde el punto de vista químico, funcional y estructural, con el objetivo de determinar todas sus propiedades.
La fracción oleosa mostró un perfil lipídico muy favorable, dominado por el ácido oleico (60.4 por ciento), un ácido graso monoinsaturado asociado con beneficios cardiovasculares, seguido por los ácidos palmítico, linoleico y esteárico. Este perfil es comparable al del aceite de oliva, con una alta estabilidad oxidativa y un elevado valor nutricional.
Además, la fracción oleosa presentó una notable actividad antioxidante y un contenido en fenoles totales de 213 miligramos equivalentes de ácido gálico por 100 gramos, muy por encima de los aceites extraídos por métodos convencionales. «Esta combinación de lípidos saludables y antioxidantes sugiere un potencial significativo para el desarrollo de alimentos funcionales», explican.
Por su parte, la fracción fibrosa resultó ser una fuente rica en α-celulosa y lignina, componentes clave de la fibra dietética insoluble.
Una carga mineral interesante
El estudio del grupo Química Analítica y Circular ha permitido comprobar que estos elementos presentan una carga mineral interesante. En el caso de la oleosa, han encontrado cantidades significativas de potasio, magnesio y calcio, que cubren hasta un 83 por ciento de la ingesta diaria recomendada de cobre y un 23 por ciento de magnesio por cada 100 gramos. La fracción fibrosa, aunque con menor contenido mineral, se perfila como una excelente fuente de fibra funcional y potencial prebiótico.
Aránzazu Valdés y Ana Beltrán evaluaron el uso de los aceites obtenidos de los residuos de la chufa como elemento estabilizante de bebidas vegetales como la horchata. En unas pruebas preliminares añadieron 1 y 2 por ciento de estos aceites a una formulación estándar de horchata, y observaron una clara mejora en la estabilidad coloidal del producto, así como una mejora en sus propiedades de conservación. Este efecto se atribuye a la presencia de almidón gelatinizado y azúcares en la fracción oleosa, que aumentarían la viscosidad del medio y favorecerían la dispersión estable de partículas.
Este trabajo de la Universidad de Alicante demuestra una forma nueva de aprovechar el subproducto de la fabricación de la horchata, con una solución escalable a nivel industrial y respetuosa con el medio ambiente, que abre una vía de negocio nueva en la industria de esta jugosa y refrescante bebida.