«El solo hecho de masticar más envía señales al cerebro de saciedad», explica el doctor y nutricionista Carlos Zapata.
En tiempos donde vivir deprisa está a la orden del día, comer rápido suele ser lo más habitual. Sin embargo, este hábito encierra consecuencias muy negativas para la salud, tal y como destaca Carlos Andrés Zapata, médico internista y nutricionista, que aboga por masticar bien los alimentos, una práctica que «produce muchos beneficios» y resaltan ya algunos estudios científicos.
Zapata, conocido en redes sociales como ‘El doctor de las frutas’, ha compartido un post en el que recomienda masticar hasta 30 veces cada bocado, en vez de hacerlo solo 15 veces, y ha enumerado los motivos por los que es aconsejable llevarlo a cabo.
Así, al masticar durante 30 veces los alimentos, «comes menos cantidad porque te sacias más rápido», comenta. «El solo hecho de masticar más envía señales al cerebro de saciedad», añade este experto.
De este modo, prosigue Zapata, «quedas con mayor sensación de llenura el resto del tiempo después de haber comido, y todo esto se traduce en que ganas menos peso«.
Además, también puede producir que se baje de peso, «bajan tus triglicéridos, tu colesterol, baja tu azúcar en la sangre», añade.
Por este motivo, el médico y nutricionista ha incidido a sus seguidores que «mastiquen despacio», ya que «produce muchos beneficios». «La mamá tenía razón al decirnos que comiéramos despacio», concluye.
Aunque muchos creen que el higo es una fruta, en realidad es una inflorescencia invertida, es decir, un conjunto de pequeñas flores que crecen hacia adentro. Así lo explicó la divulgadora científica @celulau.bio en un vídeo viral de TikTok, donde también reveló un dato curioso: para que nazca un higo silvestre, una diminuta avispa debe morir dentro de él.
El higo pertenece al género Ficus y mantiene una relación de mutualismo con las llamadas “avispas del higo”. Este vínculo existe desde hace más de 60 millones de años y es esencial para muchos ecosistemas tropicales, ya que los higos alimentan a más de 1.200 especies animales.
La avispa hembra entra en el higo para depositar sus huevos y polinizar las flores. Sin embargo, pierde las alas y muere dentro. Su cuerpo no queda intacto: el higo produce una enzima llamada ficina que lo descompone completamente, por lo que al comer un higo no estamos comiendo una avispa.
Además de su fascinante origen, el higo es muy nutritivo. Contiene fibra, antioxidantes, calcio, hierro y magnesio, ayudando a la digestión y a la salud del corazón.
En resumen, el higo no es solo un fruto dulce: es el resultado de una asombrosa alianza entre una planta y un insecto que ha durado millones de años.
El kéfir es una bebida fermentada originaria del Cáucaso, elaborada a partir de leche y gránulos gelatinosos que contienen una comunidad simbiótica de bacterias lácticas y levaduras. Su nombre proviene del turco “keyif”, que significa “sentirse bien”, y refleja su uso ancestral como alimento curativo.
Tiene algunas propiedades benéficas como:
Probiótico natural: contiene entre 30 y 60 cepas microbianas vivas que favorecen el equilibrio de la flora intestinal.
Digestión y absorción: mejora la digestión de la lactosa, reduce síntomas de colon irritable y facilita la absorción de nutrientes.
Sistema inmunológico: modula respuestas inmunológicas y refuerza la barrera intestinal frente a patógenos.
Metabolismo: puede contribuir a la regulación glucémica y al control del peso en dietas equilibradas.
Aparte de sus beneficios, podemos decir que es un tipo de oro blanco accesible ya que se puede preparar casero, ¿Qué mejor que poder elaborar tu mismo una fuente de nutrientes?, pues de esta manera si que lo puedes hacer:
Se puede elaborar en casa con leche (animal o vegetal), nódulos de kéfir y un frasco de vidrio. Tras 24–48 horas de fermentación a temperatura ambiente, se obtiene una bebida ligeramente ácida, cremosa y rica en microorganismos beneficiosos.
Considerado un superalimento, el kéfir ha pasado de ser un secreto de montaña a ocupar un lugar central en la nutrición funcional contemporánea.
Las golosinas o “chuches” son un clásico en cumpleaños, meriendas y celebraciones, especialmente entre los más pequeños. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué contienen realmente estos productos, cómo se fabrican y qué impacto pueden tener en la salud. Aunque están reguladas y autorizadas, muchas de sus sustancias pueden generar preocupación, sobre todo si se consumen en exceso o con frecuencia.
¿Qué llevan las golosinas? Ingredientes más comunes
Las golosinas son productos ultraprocesados, es decir, alimentos elaborados industrialmente con múltiples ingredientes que no se encuentran de forma natural. En su composición se utilizan sustancias con diferentes funciones: saborizantes, edulcorantes, colorantes, gelificantes y conservantes, todos diseñados para lograr el sabor, la textura y el aspecto tan característicos que las hacen tan atractivas.
1. Azúcares y jarabes Son la base de la mayoría de las golosinas. Ingredientes como la dextrosa, la glucosa líquida o el azúcar invertido se utilizan no solo para dar dulzura, sino también para modificar la textura y conservar el producto.
2. Gelificantes Permiten conseguir esa textura gomosa o blandita que tienen muchas chuches. Los más utilizados son la gelatina (de origen animal) y la pectina (de origen vegetal). La elección del gelificante depende del tipo de golosina que se quiera fabricar.
3. Reguladores de acidez El ácido cítrico, el ácido láctico y el citrato trisódico son empleados para ajustar el sabor, equilibrar el dulzor y controlar el pH del producto.
4. Colorantes Son probablemente los ingredientes más polémicos. Muchos caramelos y gominolas contienen colorantes sintéticos como los colorantes azoicos (E102, E110, E122, E129, E133), que dan colores intensos y brillantes. Estos aditivos están autorizados en la Unión Europea, pero deben incluir una advertencia en el etiquetado si se utilizan: “pueden tener efectos negativos sobre la actividad y la atención de los niños”. Por esta razón, su uso está disminuyendo. Además, la legislación europea (Reglamento CE Nº 1333/2008) establece límites específicos, como un máximo de 50 mg/kg para ciertos colorantes en caramelos o chicles.
5. Conservantes y agentes de recubrimiento Sustancias como el sorbato potásico (E202) se añaden para prevenir la aparición de moho o bacterias. También se utilizan ceras y abrillantadores (E901 a E904) para mejorar el aspecto visual y dar ese brillo característico.
¿De dónde sale la gelatina? El lado oculto del colágeno animal
Uno de los ingredientes esenciales en la fabricación de muchas golosinas es la gelatina. Este compuesto proviene del colágeno, que se extrae de pieles, huesos y cartílagos de animales (vacas y cerdos, principalmente). El proceso industrial de obtención de gelatina incluye varios pasos:
Selección de materia prima: se eligen tejidos ricos en colágeno, como pieles y huesos provenientes de mataderos.
Pretratamiento:
Ácido (Tipo A): se aplica en pieles de cerdo.
Alcalino (Tipo B): se usa para pieles y huesos de bovinos.
Extracción del colágeno: se calienta entre 50 y 80°C para disolver la gelatina en agua.
Filtrado y purificación: se eliminan impurezas y se mejora la calidad del producto.
Secado: se obtiene la gelatina en forma de láminas o polvo.
Aunque es un ingrediente seguro y aprobado, no es apto para personas vegetarianas o veganas, lo cual no siempre está claramente indicado en el etiquetado. Algunas marcas han empezado a utilizar alternativas vegetales como pectina de frutas o agar-agar para sustituir la gelatina animal.
Según la tecnóloga de alimentos Alba Ramírez, esto no es algo que la industria “oculte”, sino que no se suele destacar, ya que no es una información que los niños entiendan o valoren. Es un caso similar al de otros productos como nuggets o salchichas, cuyo proceso de producción no suele comunicarse abiertamente por la misma razón.
¿Existen golosinas más saludables?
Aunque muchas chuches comerciales tienen un perfil nutricional poco favorable, sí es posible encontrar opciones más saludables si se sabe qué buscar. Alba Ramírez recomienda fijarse en:
Menor contenido de azúcar y edulcorantes naturales: algunas marcas utilizan menos azúcar o recurren a ingredientes como miel, jarabes naturales o edulcorantes vegetales como la estevia o el eritritol.
Colorantes naturales: productos que emplean colorantes a base de frutas o vegetales, como remolacha (rojo), cúrcuma (amarillo) o espirulina (azul), son preferibles a los sintéticos.
Menos conservantes y aditivos artificiales: una lista de ingredientes más corta y comprensible suele indicar un producto más natural.
Presencia de ingredientes reales: algunas chuches incluyen jugos de frutas, pulpa, fibra vegetal o incluso vitaminas, lo cual mejora su valor nutricional.
La sal es uno de los ingredientes más usados en la cocina, pero ¿sabías que tanto un exceso como un consumo muy bajo pueden afectar nuestra salud? Aunque durante años se nos ha advertido sobre los riesgos de consumir demasiada sal, algunos estudios recientes sugieren que una ingesta demasiado baja también podría ser perjudicial.
El sodio, presente en la sal, es esencial para funciones básicas de nuestro cuerpo: ayuda a mantener el equilibrio de líquidos, transportar nutrientes y permite que nuestros nervios funcionen correctamente. Sin embargo, la mayoría de las personas consumen casi el doble de la cantidad recomendada.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no superar los 5 gramos de sal al día (aproximadamente una cucharadita), mientras que investigaciones sugieren que un consumo moderado, entre 3 y 6 gramos diarios, podría ser lo ideal para reducir riesgos cardíacos. Lo curioso es que solo una cuarta parte de la sal que ingerimos es la que añadimos al cocinar o en la mesa; el resto está “escondida” en alimentos procesados como panes, embutidos, salsas y snacks.
El exceso de sal está vinculado a la hipertensión arterial, que a su vez aumenta el riesgo de accidentes cerebrovasculares y enfermedades cardíacas, siendo responsable de millones de muertes cada año. Por otro lado, reducir el consumo de sal ha demostrado bajar la presión arterial y disminuir la mortalidad asociada a problemas cardiovasculares.
Eso sí, la ciencia todavía está debatiendo cuál es el nivel óptimo de consumo, ya que reducir demasiado la sal también podría tener efectos negativos, y es difícil separar el impacto de la sal de otros factores en estudios a largo plazo.
En resumen, la clave está en un consumo equilibrado: evitar tanto el exceso como la falta, prestar atención a la sal oculta en los alimentos y optar por una dieta variada y saludable. Así podremos disfrutar del sabor sin poner en riesgo nuestra salud.
Los micronutrientes son compuestos indispensables para el funcionamiento de todo nuestro organismo ya que nuestro cuerpo no puede sintetizarlos, por lo que necesitamos aportarlos a través de la alimentación.
A diferencia de los macronutrientes (carbohidratos, proteínas y grasas), los micronutrientes no aportan energía, pero son fundamentales para la regulación de procesos fisiológicos, el mantenimiento de tejidos y la prevención de enfermedades.
Tipos de micronutrientes
Existen dos tipos principales:
Vitaminas, compuestos orgánicos esenciales que desempeñan un papel clave en procesos metabólicos y en la protección contra el estrés oxidativo. Se dividen en hidrosolubles, es decir, que se disuelven en agua y no se acumulan en el organismo (como la vitamina C y las vitaminas del grupo B) y liposolubles, es decir que se disuelven en grasas y se pueden almacenar en el cuerpo (como las vitaminas A, D, E y K)
Minerales, elementos inorgánicos que se clasifican en macrominerales (como el calcio y el magnesio) y oligoelementos o micro minerales (como el zinc, el selenio y el hierro), fundamentales para la estructura ósea, la regulación hormonal, sistema nervioso y las respuestas inmunológicas.
Consejos para incorporar estos micronutrientes
La nutrición no solo es un placer. Cada alimento que consumimos también proporciona una gama de nutrientes más o menos amplia por lo que sin duda, el mejor suministro posible de micronutrientes al cuerpo es a través de una dieta equilibrada, completa y variada.
Prioriza alimentos frescos y naturales, como frutas, verduras, proteínas de buena calidad y granos integrales. Evita los ultra procesados, ya que suelen carecer de valor nutricional.
Fortalecer tu sistema inmunológico comienza con decisiones diarias: una alimentación rica en micronutrientes es una inversión en tu salud.
Es importante recordar que la suplementación no es una solución única para todos y que es necesario ser asesorado por un profesional especializado acorde a las necesidades individuales de cada persona, considerando estilo de vida y condiciones de salud subyacentes. Nunca realizar un autodiagnóstico y mucho menos auto suplementarse.
El pasado viernes 3 de octubre, las autoridades ordenaron la retirada inmediata de un producto alimenticio distribuido en España tras detectarse un riesgo para la salud de los consumidores. El alimento afectado es el confit de foie de volaille au porto (confit de hígado de ave al oporto) de la marca Bioporc, envasado en tarros de 120 gramos.
Según informó la AESAN (Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición), el motivo de la retirada fue la presencia de fragmentos metálicos en el interior del producto, lo que representa un peligro físico para el consumidor. Por esta razón, las autoridades activaron una alerta sanitaria e instaron a todos los puntos de venta del país a retirar inmediatamente el lote afectado.
Detalles del producto retirado
Producto: Confit de hígado de ave al oporto
Marca: Bioporc
Presentación: tarro de 120 g
Lote afectado: R052a
Fecha de caducidad: 28/02/2029
Se recomendó a los consumidores no consumir este producto si lo tenían en casa y debía ser devuelto al establecimiento donde fue adquirido para evitar cualquier riesgo. Aunque hasta el momento no se han reportado daños en personas que hayan consumido el alimento, las autoridades han tomado esta medida de forma preventiva para garantizar la seguridad alimentaria.
Cuántas veces has visto en Instagram, TikTok o YouTube recetas con titulares imposibles como “lasaña saludable con tres ingredientes” o “pizza proteica sin harina, sin huevo, sin lácteos, sin aceite”? Parece que comer se ha convertido en un campo de pruebas de laboratorio donde todo lo que fue básico durante siglos ahora se demoniza.
Y lo curioso es que muchos de nosotros no somos intolerantes, no somos celíacos, no tenemos problemas con la lactosa ni con el huevo. Pero aun así nos dejamos llevar. Terminamos creyendo que es más sano cenar una pizza con base de brócoli triturado que disfrutar de una buena masa artesana, con harina de calidad, fermentación lenta y reposo en frío.
¿De verdad pensamos que eso es más saludable?
Permíteme ser directa: no, no lo es. ¿Quién de verdad cree que unos cereales mezclados con agua y convertidos en una especie de gelatina insípida pueden ser más completos que un plato de legumbres cocinado con aceite de oliva virgen extra? En algún punto perdimos el norte, dejamos de confiar en lo que siempre nos funcionó: la dieta mediterránea, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y considerada por expertos como una de las más saludables del mundo.
El engaño del “sin”
Los “sin” se han convertido en un reclamo publicitario: sin gluten, sin grasas, sin azúcares… Pero lo “sin” no es sinónimo de saludable. Está claro que hay personas que necesitan eliminar alimentos por alergias o intolerancias, pero la mayoría de nosotros no. Y aun así, hemos caído en la trampa de creer que todo lo que se quita nos hace bien.
La realidad es que muchas de esas recetas milagro son más pobres en nutrientes que los platos de toda la vida. Y lo peor: nos hacen sentir culpables por disfrutar de un pan artesanal, un guiso o un postre casero.
Lo saludable no es la receta, es la vida
Aquí está el quid: lo importante no es el ingrediente aislado, sino cómo comemos y cómo vivimos. Las cantidades, la frecuencia, el equilibrio. Una pizza con harina tradicional no es el problema si no la comes cada día. Una copa de vino no es veneno si va acompañada de una dieta variada y ejercicio regular.
Alice Waters es una chef y activista estadounidense pionera en la alimentación saludable y la agricultura ecológica. Fundó el restaurante Chez Panisse en Berkeley (California), referente de la cocina californiana desde 1971 por su enfoque en productos locales. En 1996 creó la Chez Panisse Foundation, hoy Edible Schoolyard Project, que promueve la “educación comestible”: integrar huertos y cocinas en la enseñanza escolar para mejorar la salud, el aprendizaje y la conexión con la comunidad. También impulsó la reforma de los comedores escolares de la USDA para incluir alimentos ecológicos y locales.
2/4Michelle Obama
Ex primera dama de Estados Unidos, lanzó en 2010 el programa “Let’s Move!” para combatir la obesidad infantil y promover una vida más saludable. La iniciativa fomentó la alimentación sana, el ejercicio físico y el acceso a comida saludable y asequible para todas las familias. También impulsó mejoras en los comedores escolares, incorporando alimentos integrales, frutas y verduras, y reduciendo grasas y sal. Además, creó un huerto en la Casa Blanca, símbolo de su compromiso con la educación alimentaria y la vida saludable
3/4 Soledad Barruti
Es una periodista y escritora argentina que denuncia los efectos del sistema alimentario industrial. En su libro Mal comidos expone cómo se producen los alimentos y cómo esto afecta la salud y el medioambiente. Promueve el Slow Food y la agricultura y ganadería ecológicas.
4/4 Olga Cuevas
Es doctora en bioquímica y experta en nutrición y salud natural, reconocida por su labor en la promoción de la alimentación saludable. Fue directora del Instituto Roger de Llúria, donde impulsó una formación oficial en dietética con enfoque naturista y ecológico. Es autora de los libros El equilibrio a través de la alimentación, que combina la visión oriental y occidental de la nutrición, y Tratamientos naturales al alcance de todos, escrito junto a su hija, sobre remedios naturales para la salud cotidiana.
El ginseng indio o ashwagandha —nombre en sánscrito que significa ‘aroma de caballo’, debido al peculiar olor que desprende esta hierba— es una planta originaria del continente asiático que se ha popularizado en los últimos tiempos por sus supuestas propiedades milagrosas para reducir la ansiedad, mejorar la calidad del sueño, aumentar la resistencia física o, incluso, incrementar la fertilidad de los varones. Puesta de moda por celebridades como Jennifer Aniston o Gwyneth Paltrow, que han reconocido su uso para combatir el estrés, las ventas de extracto de ashwagandha no han dejado de aumentar al mismo tiempo que lo hace el consumo de ansiolíticos. De hecho, Galicia es la comunidad en la que más se recetan estos fármacos, según un reciente estudio de la Universidade de Santiago (USC).
Por ello, no es de extrañar que esta planta genere una gran expectación en un momento en el que los trastornos mentales provocados por el estrés están a la orden del día. Sin embargo, su reciente uso en la medicina occidental ha generado ciertas dudas entre las autoridades sanitarias, ya que sus efectos apenas han empezado a ser estudiados —las principales investigaciones datan de hace apenas una década—, por lo que podrían tener consecuencias secundarias aún desconocidas. La Voz ha contactado con expertos en nutrición e inmunología para conocer la veracidad de los supuestos beneficios de esta planta y determinar si su consumo podría implicar algún riesgo para ciertas personas.
La nutricionista Lidia Folgar señala que «hay algún estudio que dice que la ashwagandha puede ayudar a reducir el cortisol, la hormona del estrés, y los síntomas de ansiedad». Estas investigaciones «también sugieren que puede actuar sobre neurotransmisores como la serotonina». Sin embargo, la especialista cree que «se están exagerando los beneficios» de la planta, ya que «la evidencia todavía no es suficiente como para hacer recomendaciones». «No es una cura ni un tratamiento para la ansiedad o la depresión ni un suplemento mágico para ganar musculatura», dictamina.
En un sentido similar se pronuncia la también nutricionista Fátima Branco: «Es un alimento que sí aporta beneficios a nuestro cuerpo y está demostrado que ayuda a reducir el estrés, pero hay que consumirlo bien». Branco indica que el principio activo de la ashwagandha se encuentra en la raíz, donde hay mayor concentración de whitanólidos, una serie de compuestos químicos que poseen efectos antiinflamatorios y antioxidantes. «Hay a la venta mucha ashwagandha que solo contiene las hojas, por lo que estaríamos tomando algo que no nos estaría haciendo nada. Lo ideal sería consumirla en cápsulas o en polvo, donde la absorción es mayor», recomienda.
Por su parte, el catedrático en Inmunología de la Universidad de Sevilla Alfredo Corell hace un repaso de los estudios más destacados que hasta el momento se han realizado sobre esta planta, muy utilizada en el ayurdeva, el sistema de medicina tradicional de la India. «Hay mucha información al respecto, pero no toda es contundente. En la última década se han realizado 110 estudios sobre la ashwaganda. Se ha investigado su eficacia para la cura de heridas, desórdenes de ansiedad, neuropatía diabética, insomnio… Pero solo hay evidencia alta de su eficacia para reducir el estrés y la ansiedad. Es el único beneficio indiscutible de momento», afirma el inmunólogo.
En cuanto a los posibles efectos secundarios, Corell destaca que las reacciones adversas más comunes cuando la planta se consume de forma oral son «la diarrea y los vómitos», pero solo si se toman más dosis de las recomendadas, que el catedrático sitúa en «mil miligramos al día durante un máximo de doce semanas». Otros efectos mucho menos frecuentes, aunque más graves, tienen que ver con posibles daños en el hígado que van desde la hepatitis aguda a la insuficiencia hepática. «En algunos casos extremos se ha llegado a necesitar un trasplante, e incluso algún informe plantea que puede haber habido alguna muerte relacionada con la ashwagandha», advierte Correll. «No obstante, en este tipo de casos las dosis han sido exageradas», aclara el experto.
Un suplemento con riesgos y no recomendado para todo el mundo
A pesar de sus beneficios comprobados para reducir el estrés, hay ciertos grupos de población que no deberían consumir ashwagandha, señala la nutricionista Lidia Folgar. «No se recomienda en la infancia ni durante el embarazo y la lactancia. Tampoco en personas con enfermedades autoinmunes, afectaciones tiroideas, algunos problemas digestivos o en aquellas que tomen cierta medicación para la ansiedad y la depresión», advierte la especialista.
Y es que el también conocido como ginseng indio puede interactuar con otros medicamentos que esté consumiendo la persona, ya que actúa sobre el metabolismo y los sistemas nervioso e inmunitario, por lo que la ashwagandha podría aumentar o disminuir la eficacia de ciertos fármacos e incluso incrementar el riesgo de efectos adversos.
No obstante, Folgar señala que la planta se puede recomendar para casos de «personas con estrés o dificultades leves para conciliar el sueño en los que ya se han utilizado otros tratamientos». «Se puede probar siempre y cuando sean personas que no se encuentren dentro de las contraindicaciones y sin creer que va a ser un remedio mágico», apunta.
El debate sobre los beneficios de la ashwagandha está abierto y, de hecho, algunos países ya han limitado su uso. Así, en el 2023, Dinamarca decidió prohibir la planta en suplementos alimenticios debido a sus posibles efectos negativos sobre la salud, una medida que Suecia y Finlandia también están considerando aplicar.