Un apetito de película¿Por qué comemos tanto en las salas de cine?

Casi como si se tratase de un ritual, antes de sentarse en sus butacas a disfrutar de una película en el cine, la mayoría de los espectadores tiene una regla de oro: comprar palomitas (y si son del tamaño grande, mejor). Una vez comienza la proyección, se activa la cuenta atrás para llegar al final del bote y –seamos claros– también para evitar que tu acompañante te robe más de la cuenta. Pero, ¿por qué se despierta el apetito de manera intensa mientras vemos una película?

El fenómeno de sentir hambre mientras disfrutamos de una película en la pantalla grande tiene mucho que ver con el entorno en el que comemos. Y es que el espacio produce un importante impacto en nuestras elecciones y comportamientos a la hora de comprar comida.alternative text¿Quién inventó las palomitas?El origen de las palomitas se remonta a la Gran Depresión, cuando estos piscolabis de maíz comenzaron a hacerse populares, principalmente por su precio: 5 o 10 céntimos. Pero no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial —contexto en el que fue de los pocos productos a los que no se limitó su producción—  cuando su consumo se vinculó a los cines. En parte, gracias a la estrategia de Julia Braden, una mujer que propuso montar los puestos de palomitas dentro del cine y, a cambio, ofrecía al dueño de la sala un porcentaje de las ventas.

Por eso los cines buscan crear un espacio sensorial ‘prefabricado’ con una iluminación tenue que cree un ambiente relajado y centrado en la pantalla. Es una estrategia que también utilizan los restaurantes de lujo para animar a los comensales a comer más, condicionando su estado de ánimo. Sarah Lefebvre, profesora de marketing en la Universidad Estatal de Murray, en Kentucky, Estados Unidos, destaca que la disminución de la iluminación nos induce a estar más relajados, y en ese estado tendemos a consumir más porque la preocupación por la cantidad de comida que ingerimos se desvanece, no le prestamos atención.

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La disminución de la iluminación nos relaja y, en ese estado, tendemos a consumir más porque la preocupación por la cantidad de comida que ingerimos se desvanece

La iluminación baja no solo influye en la cantidad que comemos, sino también en nuestras preferencias a la hora de elegir. Hay estudios que demuestran que, en ambientes con poca luz, las personas tienden a optar por comidas más ‘indulgentes’ en lugar de saludables. Esta tendencia se amplifica en el cine, donde la distracción con la trama en pantalla juega un papel adicional. Es aquí donde las palomitas de maíz, un snack poco atractivo en otros lugares, se convierten en un capricho reconfortante. Del que siempre queremos más.alternative textLas costumbres cambian, pero no del todo. La preferencia a la hora de ‘pecar’ en el cine está clara. El 54 por ciento de los asistentes son fieles a las palomitas. Aunque otros snacks como los nachos con queso, las patatas fritas o las porciones de pizza ya se encuentran en la segunda posición.

Incluso el sabor de los alimentos se ve influenciado por la iluminación. Lefebvre explora la ‘compensación sensorial’, una teoría que sugiere que la privación de un sentido puede intensificar otro. En un estudio, descubrió que en condiciones de poca luz, los alimentos con un único matiz de sabor, como dulce o salado, saben mejor que cuando están iluminados. Sin embargo, cuando se agrega un segundo elemento de sabor, la diferencia que experimentamos al comerlo en un lugar iluminado u oscuro, disminuye.

Al no ver la comida, los alimentos con un único matiz de sabor, como dulce o salado, nos saben mejor que cuando están iluminados

En el apetito que se nos despierta en el cine también intervienen otros factores ambientales como el aire acondicionado de las salas. Una temperatura baja consigue que queramos comer más, puesto que el frío consume nuestras reservas de energía y hace que el cerebro envíe señales en busca de más calorías. Y los cines, obviamente, aprovechan esta técnica de termostato.

¿Y lo que hay en la pantalla no afecta en el apetito? Evidentemente, las películas en sí mismas desempeñan un papel determinante en nuestro ritual gastronómico en el cine. De hecho, los personajes y la trama pueden moldear nuestro apetito durante la proyección.alternative textEl tipo que más y mejor come en pantalla. Brad Pitt es uno de los actores de Hollywood que más disfruta de la comida en la gran pantalla, pero también de los que más incitan a que tú también lo hagas. Solo ver a alguien disfrutando de la comida activa nuestras neuronas espejo y despierta nuestro apetito.

Seguro que te ha pasado alguna vez que has visto a un personaje comiendo una hamburguesa o cualquier otra apetitosa comida en una escena y has cogido un gran puñado de palomitas. Así lo explica Vivien Shuo Azhou, profesora de estudios de comunicación en la Universidad Bautista de Hong Kong: «Las acciones de los personajes de las películas, particularmente cuando están comiendo, crean patrones en la forma en que come la audiencia».

Se trata de un efecto de imitación –o experiencia vicaria– donde los espectadores comen cuando los personajes lo hacen, a modo de imitación. Aunque no ocurre siempre, solo cuando las personas se identifican con los personajes de la película, aclara Zhuo. Además, añade: «Comer es un comportamiento relacionado con objetivos, y cuando nos preocupamos por un personaje, inconscientemente adoptamos sus objetivos como propios».alternative textUn mundo rosa. Son varias las cadenas de cine que han aprovechado el éxito de Barbie para ofrecer a los espectadores una edición especial (y muy rosa) en su oferta gastronómica: palomitas y vasos de refrescos guardados en las cajas de la muñeca.

Algunos cines en los que se permite cenar dentro de la sala llevan esta relación entre la película y la comida un paso más allá, ofreciendo elementos temáticos del menú que coinciden con la trama de la película. Por ejemplo, ante el fenómeno de la película Barbie, el menú edición limitada de palomitas rosas en las cajas de las muñecas está siendo un éxito rotundo entre los asistentes de todas las edades.

Una temperatura baja hace que queramos comer más, en busca de más calorías. Y eso también explica el uso, y abuso, del aire acondicionado en las salas

Pero la intensidad con la que se devoran las palomitas no es la misma durante toda la película. Las escenas finales son el momento con más posibilidades de que el público deje a un lado su bote de pop corn  y saque su lado más goloso con un aperitivo dulce. Lo demuestra un estudio de 2017 en el que los espectadores que pudieron disfrutar de ambos tipos de snacks –dulces y salados– durante toda la proyección, se decantaron por el dulce hacia el final. «Descubrimos que cuando las personas están expuestas a una escena en la que se está terminando de comer, tienden a elegir más los M&M», explica Zhou. Ya seas de dulce o de salado, la próxima vez que te encuentres en una sala de cine con un apetito insaciable, recuerda que no estás solo en esta experiencia.

Bibliografía: https://www.abc.es/xlsemanal/ciencia/por-que-comemos-mucho-en-el-cine-peliculas-palomitas.html

El encarecimiento de los alimentos frustra a las familias en Puerto Rico: “Me limito a lo mínimo”

La inseguridad alimentaria golpea con mayor fuerza a quienes ya vivían con recursos limitados y enfrenta a la isla a sus debilidades estructurales

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Cada visita al supermercado se ha vuelto frustrante para Maritza Ortega. Reducir sus compras dejó de ser una elección. Al llenar su carrito, termina sacando productos mientras revisa precios para poder llevar lo indispensable. Esa práctica se volvió rutina. “Cuando voy al supermercado me limito a lo mínimo. Es frustrante caminar por los pasillos, ver lo que necesito y tener que sacar cosas del carrito”, dice. “A veces pienso: esto no lo puedo pagar ahora”.

Ortega, de 53 años, ajusta su presupuesto desde la pandemia. Con un reciente diagnóstico de cáncer, necesita seguir una dieta específica que incluye meriendas y frutas que no siempre puede costear. Ha tenido que elegir alimentos más baratos y de menor calidad.

Lo que vive Maritza, se repite en muchos hogares de Puerto Rico: familias que dejan de comprar ciertos alimentos o dependen de productos de baja calidad. Desde 2020, el costo de vida ha aumentado de forma sostenida. Solo en junio, los alimentos subieron un 3,4% respecto al año anterior. Esto se traduce en precariedad para quienes ya vivían con pocos recursos. Un estudio reciente de la organización feminista de base comunitaria Taller Salud advierte que más de la mitad de los adultos en la isla solo consume dos comidas al día.

La influencia de las políticas históricas y el contexto colonial en la estructura alimentaria de Puerto Rico ha favorecido las importaciones, que hoy cubren cerca del 85% del consumo local. Esta dependencia representa una vulnerabilidad significativa, dejando a la isla expuesta a interrupciones en la cadena de suministros y al cambio climático.

El origen de las importaciones, la inflación y los desastres naturales motivaron a Taller Salud a realizar el estudio Alimentación y Dignidad: Análisis Comunitario de la Inseguridad Alimentaria en Puerto Rico, partiendo de las experiencias concretas del hambre. No solo por desastres grandes como el huracán María, sino también por lluvias, apagones o vaguadas que afectan la cotidianidad.

“Todo afecta de manera desproporcionada a la niñez, jóvenes y a personas mayores”, señala Tania Rosario, directora ejecutiva de la organización. “Antes, no había conciencia política del hambre como tema de salud pública; surgió después del huracán María y del periodo de austeridad que vivimos”.

La organización, con más de cuatro décadas de experiencia, recogió datos mediante encuestas en Loíza y sesiones de escucha en San Germán y Salinas, en el oeste y el sur, respectivamente. Aunque los resultados no son representativos de todo Puerto Rico, alertan sobre un perfil especialmente vulnerable: mujeres mayores afrodescendientes y jefas de familia.

Mujeres en Loíza enfrentan mayores niveles de inseguridad alimentaria

Según la Encuesta Comunitaria de Seguridad Alimentaria en Loíza realizada por Taller Salud, las mujeres son el grupo más afectado por la inseguridad alimentaria en el municipio. El hallazgo resalta la relación entre género, pobreza y acceso limitado a alimentos nutritivos y asequibles.

Gráfico que muestra que las mujeres en Loíza reportan niveles más altos de inseguridad alimentaria que los hombres, según la encuesta de Taller Salud.

Mujeres

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Prefirió

no responder (1%)

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El estudio recopila datos sobre el perfil sociodemográfico y las condiciones económicas de residentes del municipio, con especial atención a cómo el género influye en la seguridad alimentaria.

Chart: Valeria Morales Source: Taller Salud (2025) Embed Download imageCreated with Datawrapper

Durante la investigación, algo quedó claro: faltaba lenguaje para hablar del hambre. “La mayoría lo asocia con desnutrición extrema y no lo reconoce en su vida cotidiana”, dice Rosario. “Existe un tabú, un sentimiento de vergüenza”. Según el economista José Caraballo-Cueto, el estudio de Taller Salud señala un punto clave: la autosuficiencia agrícola puede ayudar a la isla en momentos de crisis global.

Tras la pandemia, surgió una economía de “cuello de botella”, marcada por retrasos en la producción mundial. “A eso se sumó la guerra en Ucrania, un gran exportador de materias primas agrícolas”, explica. “Todo esto redujo la oferta global y disparó los precios”.

Esa alza ha sido dura para José Cátala, de 53 años y residente en Bayamón. “Cuando subieron los huevos dejé de comprarlos”, recuerda. “Antes, compraba dos paquetes de carne; ahora solo uno. También, le he bajado a los jugos y postres para poder darle prioridad a lo esencial”.

En emergencias, ha recurrido a Klarna, un servicio de financiamiento en línea, para comprar alimentos y pagarlos luego a plazos. Su experiencia coincide con un análisis de NielsenIQ que reveló que los precios del consumidor subieron a un 1,9% obligando a las familias puertorriqueñas a cambiar sus hábitos de consumo debido a la inflación y los aranceles de importación.

Pero, según la abogada laboral Rosa Seguí, la realidad urbana no se compara a la rural. “Muchas personas se desplazan desde sus pueblos al área metropolitana para trabajar, enfrentando la falta de transporte público y planificación”, advierte. “No se puede hablar de inseguridad alimentaria sin hablar de inequidad económica e inestabilidad energética. La gente sobrevive comprando lo que puede, muchas veces de menor calidad”.

Trabajo colectivo como respuesta al hambre

Ante la necesidad, surgen iniciativas desde y para el territorio. Una de ellas es SuperSolidario, un supermercado comunitario que abre una vez al mes en Caguas, un pueblo al centroeste de la isla. El proyecto, liderado por el activista Giovanni Roberto, se enfoca en la producción y distribución local. “Suplementamos alimentos. Conseguimos comestibles en supermercados y de personas de la comunidad que los donan ‘para regalar’ a quienes más lo necesiten”, explica.

Un reto del proyecto, además de la inflación, es no poder procesar pagos con la tarjeta del Programa de Asistencia Nutricional (PAN), lo que consideran un obstáculo que esperan resolver. “Es un modelo sencillo, pero requiere muchas manos e inversión humana”, añade.

También han surgido plataformas como AgroRecursos, que conecta a agricultores locales con compradores y suplidores de alimentos de manera directa y justa. Su analista de seguridad alimentaria, Crystal Díaz, explica que la falta de coordinación entre productores y consumidores genera desperdicio y pérdida de oportunidades. “AgroRecursos permite cerrar acuerdos sin intermediarios. Es un espacio colaborativo donde se comparte información sobre disponibilidad, precios y necesidades del mercado”, dice.

Ambos proyectos coinciden en un punto: la falta de coordinación y apoyo del Gobierno. El estudio de Taller Salud recomienda actualizar los datos oficiales sobre el hambre —los últimos son del 2013— y controlar los precios de la canasta básica. “Es irresponsable legislar con datos tan obsoletos”, advierte Rosario.

Bibliografía: https://elpais.com/america-futura/2025-11-12/el-encarecimiento-de-los-alimentos-frustra-a-las-familias-en-puerto-rico-me-limito-a-lo-minimo.html

El cierre del Gobierno pone en jaque un programa de ayuda alimentaria del que dependen siete millones de familias

Un programa federal que ha gozado durante mucho tiempo del apoyo bipartidista, que atiende a casi 7 millones de mujeres embarazadas, madres primerizas, bebés y menores de cinco años, y ha demostrado mejorar la salud de las familias con menores ingresos, se ha quedado también en suspenso por el cierre del Gobierno. Sus beneficiarios sufrirán pronto las consecuencias, en un plazo estimado de una a dos semanas. Se trata del Programa Especial de Nutrición Suplementaria para Mujeres, Bebés y Niños, también conocido como WIC, por sus siglas inglesas, con un presupuesto de 8.000 millones de dólares, y que proporciona vales para comprar leche maternizada, así como fruta y verdura fresca, leche desnatada y otros alimentos básicos saludables, mucho más caros que los hipercalóricos ultraprocesados y que por eso suelen estar fuera del alcance de los hogares con bajos ingresos.

Si no se alcanza pronto un acuerdo para financiar el Gobierno, los Estados se verán obligados a utilizar sus propios fondos para mantener a flota el programa WIC, que cuenta con una antigüedad de 50 años, o dejar que se cierre. Si optan por la primera alternativa, los Estados podrían solicitar el reembolso cuando se apruebe el presupuesto, pero no todos están en disposición de anticipar el dinero. “Estamos cubiertos durante una o dos semanas”, ha dicho Ali Hard, director de políticas de la Asociación Nacional WIC. “Pero estamos muy preocupados por lo que pueda suceder pasado ese tiempo”.

En caso de un cierre prolongado, varios Estados han tratado de tranquilizar a los beneficiarios asegurándoles que seguirán recibiendo las prestaciones. Connecticut ha anunciado que se hará cargo de la totalidad, mientras Misisipi, que se ha comprometido a seguir ayudando a los beneficiarios actuales, ha suspendido temporalmente la inscripción de nuevos participantes, salvo el caso de las mujeres embarazadas, las que están amamantando o las que solicitan prestaciones para bebés de alto riesgo. En Washington, por el contrario, donde un tercio de los bebés reciben prestaciones del WIC, las autoridades afirman que no disponen de fondos para mantener el programa en funcionamiento.

El cierre, que comenzó el miércoles pasado, coincidió además con el inicio de un nuevo año fiscal, lo que significa que programas como el WIC, que dependen de las aportaciones anuales del Gobierno federal, se están quedando sin fondos. Actualmente, el programa se mantiene a flote gracias a un fondo de contingencia de 150 millones de dólares, pero los expertos afirman que podría agotarse rápidamente.

Los republicanos, incluida la Administración de Donald Trump, han citado explícitamente a los beneficiarios del WIC como uno de los grupos de estadounidenses que antes y de manera más aguda sufrirán las consecuencias del cierre. También sufrirán, por ejemplo, los aproximadamente 140.000 menores en edad escolar de Nueva York que viven en alojamientos temporales (albergues) o sin domicilio fijo; un porcentaje que refleja los 1,3 millones de estudiantes de primaria y secundaria identificados oficialmente —el número real puede multiplicar esa cifra— como homeless por el Departamento de Educación.

El presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Mike Johnson, ha culpado repetidamente a los demócratas por el cierre de la Administración y los ha tildado de hipócritas, ya que, asegura, no financiar al Gobierno federal pone en peligro muchos programas de salud, el principal motivo argüido por los demócratas para forzar el cierre.

Las investigaciones han relacionado la existencia del programa WIC con una menor mortalidad infantil, un peso más saludable al nacer, mayores tasas de inmunización y mejores resultados académicos para los niños que participan en él. Casi la mitad de las personas que cumplen los requisitos para beneficiarse del mismo no se inscriben, a menudo porque no creen reunir las condiciones necesarias o porque no pueden acudir a una oficina del WIC. A su desconocimiento contribuye también la especificidad del programa, siendo mucho más conocidos los cupones de alimentos subsidiados del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP, en sus siglas inglesas), sin límite de edad.

La reapertura del Gobierno no acabaría, sin embargo, con los problemas que afronta el WIC. Algunos legisladores republicanos quieren recortar el programa, que está previsto eliminar en el Proyecto 2025, el influyente plan de políticas o disco duro del trumpismo elaborado por la ultraconservadora Fundación Heritage. La solicitud presupuestaria de Trump y el plan de gastos respaldado por los republicanos de la Cámara de Representantes no financiarían completamente el programa. También quieren recortar los fondos para subsidiar la compra de frutas y verduras frescas.

https://elpais.com/us/2025-10-08/el-cierre-del-gobierno-pone-en-jaque-un-programa-de-ayuda-alimentaria-del-que-dependen-siete-millones-de-familias.html