El chocolate blanco suele generar división entre los que lo adoran y los que lo consideran una especie de “impostor” dentro del mundo del chocolate. Pero, ¿por qué se dice que no es chocolate de verdad?
¿Qué entendemos por “chocolate”?
Cuando hablamos de chocolate, nos referimos a un producto que contiene los sólidos del grano de cacao, es decir: la parte oscura y aromática donde se encuentran los sabores tostados, los polifenoles y la teobromina. Esta es la materia prima que da al chocolate su carácter distintivo.
¿Qué hay en el chocolate blanco?
Por su parte, el chocolate blanco se elabora básicamente con manteca de cacao (la grasa del grano), azúcar y lácteos. Lo que no incluye es esa parte sólida del cacao que aporta sabor amargo y tostado. Por eso, cuando lo probamos, lo que percibimos es más bien un sabor lácteo o a vainilla que a cacao como tal.
Entonces, ¿por qué se sigue llamando “chocolate”?
Aunque legalmente puede haber debate, en la práctica en la Unión Europea se permite que se llame “chocolate blanco” si cumple ciertos requisitos: como mínimo un 20 % de manteca de cacao, al menos un 14 % de sólidos lácteos y un mínimo de 3,5 % de grasa láctea. En EE.UU., también hay normas similares, por ejemplo en cuanto al porcentaje máximo de azúcares o la ausencia de colorantes. Entonces, aunque no lleve los sólidos del cacao, su fabricación lo hace legalmente parte de la categoría “chocolate”.
¿Y qué cambia en la experiencia?
El hecho de no incluir los sólidos del cacao tiene varias consecuencias:
No tendrá las notas tostadas o amargas propias del cacao.
Tampoco aportará los antioxidantes de los sólidos de cacao, que sí están presentes en el “chocolate negro”.
Su textura suele ser más sedosa, gracias a la manteca de cacao, y el sabor se inclina más hacia lo lácteo y dulce. En la práctica, muchos reposteros dicen que el chocolate blanco es más una “grasa de sabor lácteo aromatizable y teñible” que un chocolate al uso.
Desde el punto de vista cultural, la controversia es mayor que la jurídica: algunos lo consideran “menos chocolate” por lo que le falta.
¿Conclusión?
El chocolate blanco puede seguir teniendo su lugar: es suave, dulce y tiene una textura atractiva, ideal para repostería o para quienes buscan algo más lácteo que intenso. Pero si lo que quieres es “chocolate con mayúsculas” —esa experiencia rica en cacao—, lo más adecuado es buscar uno con sólidos de cacao: será otro universo de sabor.
La razón por la que el ‘chocolate blanco’ no es realmente chocolate está en lo que llamamos cacao. Y es que, cuando hablamos de ‘chocolate’, realmente nos referimos a un producto que contiene sólidos de cacao, que es la parte oscura y aromática del grano donde viven el sabor, los polifenoles y la teobromina. Sin embargo, lo que llamamos chocolate blanco se elabora con manteca de cacao (que es la grasa del grano) que ha sido mezclada con azúcar y lácteos, sin rastro de los sólidos de cacao, por eso, cuando lo comemos, nos sabe más a leche y vainilla que a cacao.
Pero no debemos verlo como un producto ‘trampa’, sino una expresión más dentro de la familia chocolatera. La manteca de cacao le da textura sedosa y un punto de fusión agradable, pero al no llevar sólidos carece de notas tostadas y amargas, ni aporta los antioxidantes típicos del chocolate negro. De ahí que la mayoría de reposteros se refieran al chocolate blanco como una grasa de sabor lácteo que se aromatiza y se tiñe y no como un ‘chocolate’ al uso.
Legalmente el nombre está permitido si cumple ciertas condiciones. En la Unión Europea puede llamarse chocolate blanco con al menos 20 % de manteca de cacao, al menos 14 % de sólidos lácteos y un mínimo de 3,5 % de grasa láctea; en Estados Unidos se exigen esos mínimos y, además, un máximo del 55 % de azúcares y que el producto esté libre de colorantes.
Por eso, el debate sobre el ‘chocolate blanco’ es más cultural que jurídico, debido a que contiene cacao en forma de grasa, pero no los sólidos del ‘cacao’.
Durante años ha sido el apestado de la familia chocolatera por sus versiones industriales excesivamente dulces, pero el chocolate blanco está viviendo una merecida redención.
La culpa fue de Milkybar. Esa pequeña tableta extra azucarada que Nestlé creó en 1936 para darle salida al excedente de manteca de cacao tras la Primera Guerra Mundial es la que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en chocolate blanco. Onzas como un juguete que hacían que nos picara la garganta y nos dolieran las encías; demasiadas meriendas con su nombre entre pan y pan. De ahí que siempre lo hayamos considerado algo para la infancia, artificial, el peor de los chocolates o incluso un producto indigno de su nombre.
El problema no es el chocolate blanco, sino lo que nos dieron como si lo fuera. Sus tabletas son de precio más elevado, pero quien las ha probado es incapaz de dar marcha atrás. No solo por todos los matices de su sabor o incluso por sus bondades nutricionales, sino también porque al consumir este tipo de chocolate se pone en valor su origen y las manos que permiten que llegue a nosotros.
El patito feo
“El chocolate blanco está discriminado”, afirma Nerea Prieto –más conocida como Nerea Chocolate–, catadora certificada de chocolate nivel tres por el IICCT y periodista especializada en el sector desde 2010. “Es como el patito feo del cuento. Hay desconocimiento de su proceso de fabricación y la mayoría de la gente ha probado sólo el chocolate blanco industrial, que suele ser demasiado dulce y mediocre”.
Los chocolateros han salido al rescate. El sector parece tener claro que el chocolate blanco merece que lo defiendan. Casi todas las marcas españolas cuentan con alguna tableta a la que incorporan ingredientes de primera calidad. “La manteca de cacao debe ser de origen y además nos da mucho juego”, explica Mayte Sánchez de Maychoco, quien elabora siete recetas de chocolate blanco: mango, fresas, té, café, lavanda. “La grasa se convierte en protagonista, por eso hay que trabajar manteca que tenga el recuerdo del sabor del grano”, apunta Raquel González, de Kaitxo (Balmaseda, Vizcaya). “He realizado catas de este tipo de chocolate en el que las tabletas no llevaban ningún otro ingrediente y es increíble lo diferentes que pueden llegar a ser. El mundo del chocolate blanco está inexplorado todavía y es súper interesante”.
¿Puede llamarse chocolate si no lleva cacao? Nerea lo tiene claro: “Para muchas personas (y algunos puristas) el chocolate blanco no es chocolate. Es cierto que carece de la parte sólida del grano de cacao, pero contiene manteca de cacao, que es la parte grasa que está presente en el haba de cacao. En un haba de cacao, la cantidad de manteca de cacao es de un 50% aproximadamente. Si es una parte fundamental del haba de cacao, ¿qué hay de malo en llamarlo chocolate?”.
Sobre todo, teniendo en cuenta que llevan más manteca de cacao y menos azúcar que algunos chocolates con leche industriales que sí parecen merecer su nombre. Raquel de Kaitxo no duda tampoco en cuanto a la legitimidad del chocolate blanco: “La magia del chocolate, lo que hace que tenga brillo, esa textura, que sea especial, es la manteca. No decir que el chocolate blanco es chocolate es como negar que el aceite forma parte de la aceituna”.
La historia del chocolate es un viaje que arranca desde los antiguos tiempos de las civilizaciones mesoamericanas y llega hasta las sofisticadas y modernas creaciones que disfrutamos hoy en día. Imagina el cacao, un ingrediente mágico que ha encantado a generaciones y culturas a lo largo de los siglos.
Este recorrido no solo nos muestra la transformación de un simple fruto en un lujo global, sino que también revela cómo el chocolate ha sido un símbolo de innovación y refinamiento culinario. En Just Royal, estamos encantados de sumergirnos en esta fascinante historia que destaca cómo el chocolate se ha transformado en el lujo global que es hoy.
Breve resumen de la historia del chocolate
La historia del chocolate es un relato lleno de sabor, innovación y cultura. Desde sus humildes comienzos en las antiguas civilizaciones mesoamericanas hasta convertirse en una de las delicias más apreciadas globalmente, el chocolate ha recorrido un largo camino.
Originalmente, el chocolate no era el dulce ni el postre que conocemos ahora, sino una bebida espesa y amarga. Su historia comienza en las civilizaciones de Mesoamérica, donde el cacao era mucho más que un simple ingrediente: era un elemento central en la vida espiritual y ceremonial.
Hoy en día, el chocolate ha evolucionado desde una bebida ceremonial hasta una bebida moderna, mostrando su importancia cultural y económica a lo largo de los siglos. En Just Royal, valoramos profundamente esta rica historia y la forma en que ha influido en las experiencias gastronómicas contemporáneas.
¿Cuál es el origen del chocolate?
Para entender la historia del chocolate, primero debemos conocer su origen. El cacao, el ingrediente esencial del chocolate, tiene sus raíces en las regiones tropicales de América Central y del Sur. Los pueblos indígenas de Mesoamérica, como los mayas y aztecas, fueron los primeros en cultivar y utilizar el cacao.
El cacao era un componente integral en las ceremonias y la vida diaria de estas culturas. Los mayas, alrededor del año 250 d.C., ya preparaban una bebida llamada “xocolātl”, que era una mezcla de granos de cacao tostados, agua y especias. Esta bebida espumosa y amarga era más una experiencia ritual que una simple bebida, y se utilizaba en ceremonias religiosas y eventos sociales.
¿Quién descubrió el chocolate?
La historia del chocolate en Europa comenzó en el siglo XVI. Cristóbal Colón fue uno de los primeros europeos en entrar en contacto con el cacao durante sus viajes al Nuevo Mundo. Sin embargo, fue Hernán Cortés, el conquistador de México, quien trajo el cacao a Europa en 1528.
Cortés reconoció el valor cultural y económico del cacao para los aztecas y decidió llevarlo de vuelta a España. Al principio, el chocolate fue recibido en las cortes europeas como una bebida exótica. Los españoles comenzaron a modificar la receta original, añadiendo azúcar y leche para adaptarla a sus gustos. Esta transformación marcó el inicio del chocolate en su forma moderna.
¿Producto de lujo o marketing edulcorado? Ante el furor por las vistosas tabletas de pistacho de Dubái, analizamos con nutricionistas las calidades de variantes como el chocolate con leche, el blanco, con frutas, galletas o sin azúcares añadidos.
El verde es tendencia y no sólo por el té matcha. El chocolate de Dubái está causando sensación en redes sociales, heladerías, tiendas gourmet y hasta en los estantes del supermercado. Envuelto en un sofisticado packaging dorado, con el aire de exclusividad emiratí y la promesa de contener pistachos prémium, este producto se presenta como la última moda del lujo accesible.
En la actualidad, el verde está en tendencia y no sólo por el té matcha. El chocolate de Dubái también está causando sensación en redes sociales, heladerías, tiendas gourmet y hasta en los estantes del supermercado. Envuelto en un sofisticado packaging dorado, con el aire de exclusividad emiratí y la promesa de contener pistachos prémium, este producto se presenta como la última moda del lujo accesible.
Pero no es oro todo lo que reluce, alerta Luis Cañada, CEO de FITstore, firma española referente en nutrición: «Un envase verde, con pistacho, ya sugiere un alto porcentaje del fruto seco. La realidad es más azúcar que cacao y una irrisoria cantidad de pistacho«.
Expone que la mayoría de empresas apelan al marketing emocional: «No venden un alimento, venden una experiencia. Nos hacen creer que lo caro o lo bien presentado es sinónimo de calidad nutricional y muchas veces no es así». Aclara que el azúcar es predominante, superando el 50%.
La dietista-nutricionista Laura Jorge, fundadora y directora del centro de salud, nutrición y psicología homónimo expone que el chocolate negro con un porcentaje de cacao de al menos un 85% es el único saludable. «Lo ideal sería optar por marcas especializadas de producción ética, en lugar de industriales»
Chocolate negro
Tiene la lista más corta de ingredientes entre los analizados. Con un 85% de cacao podría consumirse con moderación, dice Jorge, disfrutando de «un toque dulce, pero conservando un buen porcentaje de cacao«. Así tenemos un sabor agradable «aprovechando sus beneficios antioxidantes y más estable a nivel glucémico».
De pistacho
Chocolate blanco relleno de crema de pistacho y masa filo tostada. Así suelen ser los ingredientes del chocolate de Dubái que puede encontrarse en el súper, donde Jorge encuentra emulsionantes, colorantes y correctores de acidez.
Con fruta
Suena saludable por la palabra fruta pero, en la práctica, tiene las mismas desventajas del blanco. La industria no tiene la obligación de avisar de la cantidad de grasas trans, no las podemos encontrar en la etiqueta. Jorge cuenta que si vemos «aceites hidrogenados o refinados, nos podemos hacer una idea de que las contendrá».
Con leche
La unidad de tableta contiene un 30% de cacao mínimo y es el más consumido. «Contiene la manteca de cacao y otras fuentes de grasa, como la leche en polvo, por lo que goza de menos antioxidantes que el negro», relata la nutricionista. «Aporta muchas calorías por poca cantidad, no es saciante«.
Blanco
«Suele tener el azúcar en primer lugar en la lista de ingredientes, entre un 50-60%. Por tanto, es una opción menos interesante», afirma Jorge, que alerta de que no contiene cacao sólido (ni pasta ni polvo), que es donde se concentran los antioxidantes, flavonoides y minerales. «Muchos llevan emulsionantes como la lecitina«.
0 azúcar añadido
Pese a este enunciado, tiene 11g de azúcar si le damos la vuelta y 35g de edulcorantes. «A nivel metabólico, el maltitol tiene un índice glucémico medio, por lo que sí puede elevar los niveles de glucosa e insulina. Aunque puede ser una alternativa útil para reducir el contenido de azúcar y calorías en ciertos productos, no es completamente neutro. Se recomienda usarlo con moderación, y prestar especial atención en personas con síndrome de intestino irritable, SIBO, problemas digestivos crónicos o trastornos metabólicos», explica Laura Jorge. Lo ideal siempre será acostumbrarse al sabor natural de los alimentos, reduciendo al máximo azúcares y edulcorantes añadidos. «Además, aporta unas 2.1 kilocalorías por gramo, no es un ingrediente acalórico», concluye la dietista.
Cómo leer las etiquetas de los chocolates
Ingredientes en orden de importancia: si el azúcar va primero, mala señal.
Porcentaje de cacao: mínimo recomendable, 85%.
Evitar: aceites hidrogenados, lecitina de soja, jarabes de glucosa.
Cuidado con mensajes como «sin azúcar añadido»: revisa si contiene demasiados edulcorantes o se trata de un producto trampa.
Certificaciones como Fair Trade, Bio, Rainforest Alliance o similares normalmente indican prácticas sostenibles o calidad superior.
Y por último, aun sabiendo que no sea la mejor opción, algunos pueden tener cabida en una dieta equilibrada si se consumen ocasionalmente y en cantidad moderada.
Una de las pocas alegrías que nos ha dado la ciencia de la nutrición en los últimos años es que algo muy rico, el chocolate, es además sano. Y cada día más, a tenor de los múltiples beneficios que demuestran recientes investigaciones.
Las últimas dos décadas han sido las de recuperación del buen nombre del chocolate, ese inestimable amigo de tantas infancias que, por culpa de las grasas y los azúcares con los que habitualmente se ha asociado, pasó a convertirse casi en el enemigo público número uno de la alimentación. Que si engorda mucho (una onza de chocolate con leche convencional, 10 gramos, aportan unas 58 Kcal), que si salen granos (por cierto, que se ha probado recientemente que esta tesis de la sabiduría popular es cierta)…
Pero llegó el chocolate sin azúcar, el chocolate con grasas más saludables y el chocolate con contenidos altísimos de cacao, y así nació una nueva era para este manjar. Hoy, las virtudes del chocolate negro están avaladas por multitud de estudios científicos, algunos tan sorprendentes como el que afirma que puede proteger la piel del sol. Aquí van otras de sus virtudes demostradas más notables (siempre para chocolates con altos contenidos en cacao, por encima del 75%).
1. Es una gran fuente de antioxidantes
Una de sus ‘nuevas’ virtudes más conocidas junto a la de activar la producción de endorfinas, esto es, la de hacernos felices. Por otra parte, los polifenoles del cacao también tienen propiedades antioxidantes y antiinflamatorias y se han relacionado con la salud arterial e incluso la disminución del riesgo de sufrir un derrame cerebral.
2. Protege el corazón
Uno de los aspectos que más se han investigado es el papel del cacao como protector cardíaco. Uno de esos estudios, publicado en ‘Clinical Nutrition’ asegura que «El consumo de chocolate está inversamente asociado con la cardiopatía coronaria prevalente». El estudio, muy ambicioso, desarrollado por el estadounidense National Heart, Lung, and Blood Institute llegó a la siguiente conclusión: comer chocolate más de cinco veces a la semana hace disminuir el riesgo de enfermedad cardíaca en un 57%.
3. Regula el colesterol
Grandes noticias. Aunque a veces leemos que el chocolate reduce el colesterol, su efecto es aún más interesante, ya que algunos estudios demuestran que incrementa el HDL (el colesterol bueno) y hace disminuir el malo (el nefastamente famoso LDL), neutralizando su oxidación. La clave está de nuevo en la acción de los antioxidantes.
4. Mejora el funcionamiento del cerebro
Aunque falta mucho por investigar al respecto, los estudios realizados hasta la fecha sobre los efectos del cacao, y más en concreto de los flavonoides del cacao, sobre el cerebro humano, abren una nueva y esperanzadora senda hacia la protección contra el deterioro cognitivo que suele ir aparejado al envejecimiento. De momento, sabemos que los flavonoides absorbidos penetran y se acumulan en las regiones del cerebro involucradas en el aprendizaje y la memoria, especialmente en el hipocampo.