Durante décadas, hemos vivido con la cómoda ilusión de la abundancia. Hemos caminado por los pasillos de supermercados donde las estanterías siempre están llenas, sin importar la temporada, el clima o la geografía. Pero esa era, según un reciente y aleccionador artículo de El País, está llegando a su fin. Nos adentramos en «la era de la escasez», y el cambio climático es el principal responsable de esta nueva y precaria realidad que amenaza el futuro de nuestra alimentación.
Lo más irónico y trágico de esta situación es lo que el artículo describe como un «efecto bumerán». El sistema global de producción de alimentos, responsable de más de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero, es uno de los principales motores del calentamiento global. Y ahora, ese mismo calentamiento se revuelve contra nosotros, empeorando nuestra capacidad de producir comida. Un solo grado centígrado de aumento en la temperatura media puede reducir drásticamente la producción de alimentos, y ya estamos sintiendo las consecuencias.
Esto no es una proyección abstracta para el año 2050; está sucediendo hoy. En Japón, el arroz, pilar de su dieta, escasea y su precio se ha duplicado debido a las olas de calor y las lluvias intensas. En México, la tierra del maíz, la producción de maíz blanco ya no es suficiente y las importaciones se han disparado. En Brasil, la producción de café arábica disminuye mientras la demanda mundial no cesa. Y no hay que irse tan lejos: en España, hemos visto cómo la sequía convertía nuestro aceite de oliva en un artículo de lujo, con botellas precintadas con alarmas y un desplome de su consumo. Al otro lado del Mediterráneo, en Marruecos, la situación hídrica fue tan grave que tuvieron que cancelar la Fiesta del Cordero por falta de ganado.
Ante este panorama, ¿qué se puede hacer? El artículo explora varias vías de esperanza, aunque todas complejas. La ciencia, por supuesto, lidera la búsqueda. José Miguel Mulet, catedrático de Biotecnología, señala la necesidad de invertir en investigación y en herramientas como la edición genética (CRISPR) para crear plantas más resistentes a la sequía, el calor y la salinidad. Sin embargo, no es una tarea fácil; a diferencia de otras modificaciones, la tolerancia a la sequía depende de un conglomerado de genes, no de una sola «tecla».
Pero la innovación en el laboratorio no sirve de nada si no se aplica a gran escala. Aquí es donde entra en juego la «escalabilidad», un punto clave que Begoña Pérez Villarreal, del EIT Food, considera el «quid de la cuestión». La solución no vendrá de actores aislados. Se necesita una colaboración masiva y sin precedentes entre científicos, agricultores, grandes corporaciones y administraciones públicas para que las soluciones funcionen en el mundo real. Paralelamente, ganan fuerza movimientos como la agricultura regenerativa, que busca restaurar la salud de los suelos agotados, entendiendo que sin un suelo sano, no hay alimentos.
Sin embargo, el artículo concluye con la reflexión más importante. Podemos desarrollar la tecnología más avanzada y los planes de colaboración más ambiciosos, pero si fallamos en el aspecto humano, fracasaremos. Hoy, casi 2.600 millones de personas no pueden permitirse una dieta saludable, y la mayoría se encuentra en el Sur global. Como resume Mulet, si tienes una gran producción pero el reparto está mal hecho y la gente sigue pasando hambre, el problema no es la tecnología, es un problema social y político.
El «Día de la Sobrecapacidad de la Tierra» llega cada año antes, recordándonos que nuestro modelo de consumo es insostenible. La era de la escasez nos obliga a enfrentar una verdad incómoda: la seguridad alimentaria del futuro no depende solo de la ciencia, sino de nuestra capacidad de crear un sistema más justo y equitativo.
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