El texto señala que el modelo de producción masiva, promovido por la industria alimentaria tradicional, no es sostenible desde el punto de vista medioambiental. Este sistema se fundamenta en maximizar las ganancias a corto plazo a través de extensiones amplias de monocultivo sin sombra. En el caso de cultivos como el cacao y el café, esto supone la deforestación a gran escala para incrementar las plantaciones, lo que resulta en una erosión severa del suelo, pérdida de biodiversidad y un grave problema de deforestación. En el cacao, esta práctica ha hecho que la producción se traslade de manera incesante, con la consiguiente deforestación (especialmente en Costa de Marfil y Ghana) y un mayor riesgo de desertificación, mientras que los ingresos disminuyen y la pobreza de millones de productores pequeños aumenta.
El café y el cacao, que mueven empresas multimillonarias controladas por países del Norte y mediadores, son particularmente susceptibles a los cambios climáticos. El aumento de la temperatura y el cambio en los patrones de lluvia crean una incertidumbre significativa para las cosechas y favorecen la aparición de plagas, lo que supone un riesgo específico para el café arábica. Para satisfacer la creciente demanda mundial, las proyecciones sugieren que el área de cultivo debería ampliarse, lo que empeoraría aún más los impactos negativos de la deforestación. El modelo tradicional sin sombra es dañino a largo plazo porque necesita un uso intensivo de productos químicos, lo que encarece el proceso y disminuye la calidad del suelo.
El modelo de Comercio Justo se plantea como una opción radical frente al esquema tradicional. Su sistema se fundamenta en pequeñas fincas administradas por grupos de producción o familias, destacando la variedad de cultivos y el empleo de métodos agroforestales tradicionales, como el mantenimiento de árboles que proporcionan sombra o la aplicación de fertilizantes naturales. Esta perspectiva no solo es más respetuosa con el medioambiente, al preservar la humedad y fertilidad de la tierra, sino que además asegura mayores beneficios económicos para los productores, sacándolos de la pobreza. El texto termina exhortando a promover el consumo consciente y a integrar las políticas globales de acción climática a los agricultores pequeños, que son quienes tienen el conocimiento tradicional.
Fino, de sabor suave y textura tierna, el fuet conquista el paladar de adultos y pequeños. Aquí te contamos cómo se elabora el fuet tradicional y qué variedades puedes encontrar, con sus distintos matices. Además, te damos algunas ideas para sacarle todo el partido y disfrutar al máximo de este popular embutido curado, de origen catalán.
¿Qué es el fuet?
El fuet es uno de los embutidos curados más populares de la gastronomía española. Elaborado con carne magra porcina, panceta, sal y pimienta, se embute en tripa natural de cerdo. Se distingue por su forma delgada y su piel blanca (es por el moho comestible que recubre la tripa).
La palabra fuet significa en catalán “látigo”. El propio nombre de este embutido indica una de sus características distintivas: su forma fina y alargada. Su origen se sitúa en los contextos rurales catalanes y, como sucede con otros embutidos, surge de la necesidad de conservar parte de la carne de la matanza de los cerdos para disponer de ella durante todo el año. A la forma artesanal de elaboración del fuet, que persiste en la actualidad, se sumó a lo largo de los siglos XIX y XX la industrialización. En la década de los ochenta, comenzó a venderse en supermercados y su consumo se fue popularizando en todo el territorio español, hasta llegar a ser uno de los embutidos favoritos en toda España.
¿Cómo se hace el fuet?
Carne magra y panceta de cerdo, pimienta molida (blanca o negra o una mezcla de ambas) y, por supuesto, sal. Estos son los ingredientes base del fuet. En cuanto al proceso de elaboración, es similar al de otros embutidos curados, como el chorizo, el salchichón, o la longaniza.
Picado de la materia prima. La proporción suele ser: 70% de carne y 30% de tocino (o panceta). Al ser de picado fino, las materias primas deben estar frías y duras, lo que implica temperaturas alrededor de la congelación.
Mezclado y amasado. Se añaden los condimentos (sal y pimienta) y los aditivos, como nitrito sódico y azúcar, para asegurar una buena curación y conservación. Después de amasar la mezcla, se deja reposar.
Embutido. La mezcla se embute en tripa de cerdo fina (del intestino delgado) evitando que entre aire. También se puede embutir en tripas de colágeno comestible.
Curado. Los embutidos se cuelgan en secaderos con una temperatura y humedad controladas. Durante este proceso, que suele durar un mes, se produce la maduración y desecación. Y aparece el característico moho blanco.
Degustación del fuet: así puedes comerlo
Hay incluso quienes lo comen a bocados, pero si buscas formas más glamurosas para disfrutar de un buen fuet, aquí tienes algunas ideas.
Córtalo en rodajas y acompáñalo con aceitunas, patatas y un vermut: ya tienes un perfecto aperitivo.
Coloca varias rodajas en una tostada con tomate y degusta un exquisitomontadito.
¿Tienes un buen vino tinto y un queso suave? Añade pan crujiente, rodajitas de fuet… ¡Y a picar!
Crea una tabla de embutidos con rodajas de fuet, chorizo, salchichón y salami y recrea el paladar apreciando sus diferencias.
También puedes utilizarlo como ingrediente de otras recetas:
En pizzas. Distribuye varias rodajas de fuet para darle un toque de sabor extra.
En croquetas caseras. Pica el fuet y añádelo a la mezcla. Quedan riquísimas.
En un tartar. Bien picado el fuet, junto con otros ingredientes como tomate, aguacate, cebolla… Tendrás un plato fresco y muy apetecible.
¿Quieres sorprender a tus comensales? Pica bien el fuet y añádelo en salsas y ensaladas. Verás cómo realza sus sabores.
Tomarlos de vez en cuando no es ningún drama. Una bolsa de ganchitos viendo una peli en el cine no nos matará. El problema es cuando su consumo es estructural
La prestigiosa revista médica británica The Lancet lanzó la semana pasada una serie especial de artículos sobre la industria de los ultraprocesados. La publicación pasó el monóculo por más de un centenar de estudios prospectivos, metaanálisis y ensayos clínicos, y vio la luz acompañada de las firmas de 43 expertos mundiales, una carta de la OMS y un editorial de UNICEF. Sus conclusiones son impactantes: “la industria alimentaria amenaza la salud pública”.
En las últimas décadas, este sector ha dejado de dedicarse a la conservación y mejora de los alimentos a gran escala, para convertirse en una maquinaria multinacional de fabricación de sustitutos de la comida a base de ingredientes baratos y de poca calidad, compensados con colorantes, saborizantes y todo tipo de aditivos: pienso para humanos. Productos que desplazan las dietas locales preparadas con ingredientes frescos y poco procesados, y que contribuyen a la pandemia global de obesidad, diabetes, enfermedades metabólicas o cardiovasculares… y plástico.
Tomarlos de vez en cuando no es ningún drama. Una bolsa de ganchitos viendo una peli en el cine no nos matará. El problema es cuando su consumo es estructural: en España, en tres décadas, las calorías que ingerimos en ultraprocesados han pasado del 11% al 32%. Somos uno de los países europeos con mayor aceleración en este cambio hacia dietas ultraprocesadas. En Estados Unidos, ya representan un 70%.
Según los estudios, hoy, este conglomerado de empresas ha ocupado el lugar que a mediados del siglo XX ostentaban las grandes tabacaleras en términos de músculo financiero, poder de influencia y capacidad de impactar en la salud de los consumidores. El reportaje, interesantísimo y acompañado de gráficos tan claros como inquietantes, muestra que no podemos cargar sobre la gente corriente la responsabilidad de frenar a estos gigantes. Es una tarea política.
Los seres humanos hemos procesado los alimentos desde que el primer homínido se comió la pulpa de una fruta y descartó la cáscara. Ahumar, confitar y secar son formas de procesar para conservar, como lo son cocer legumbres en un tarro de cristal o triturar, freír y envasar tomate en latas para que dure meses. Estas soluciones tecnológicas han facilitado la vida a millones de familias en todo el mundo. Pero esta clase de procesado no es el problema.
A finales de los sesenta, la industria vio que podía adaptar la ingeniería militar, que había alimentado a los soldados con comida ligera e incorruptible durante dos guerras mundiales, al consumo de masas. Tanto el café soluble como los ganchitos derivan de un proceso de liofilización del plasma sanguíneo usado en hospitales de campaña. En 1943, a los Cheetos se les llamaba Jungle Cheese y eran alimento para comandos y operaciones especiales en la selva.
Las innovaciones en fertilizantes, pesticidas y la tecnificación de cultivos de finales de los setenta, junto con las subvenciones agrarias, provocaron el excedente de grano capaz de hinchar los ultraprocesados de ingredientes baratos como el jarabe de maíz y los almidones modificados.
Las grandes tabacaleras se subieron al carro (el gigante Kraft es de Philip Morris) y aplicaron a los snacks y las galletas las mismas técnicas de marketing que antes sirvieron para vender cigarrillos. La televisión les dio línea directa con cada salita de estar del universo.
Con la desregulación de la inversión extranjera en 1980 y la globalización, las estanterías de los supermercados se terminaron de llenar de comida que era imposible que los consumidores pudiesen reproducir en sus casas. Era comida mágica, científica y tecnológica: la comida del futuro. Y la mejor amiga de la mujer, que podía incorporarse masivamente al mercado laboral sin miedo a dejar la mesa familiar desatendida. Teniendo varitas de pescado ultraprocesadas en el congelador y cereales de desayuno en la alacena, todo estaba controlado.
Hasta ahora, la industria de los ultraprocesados basaba su defensa en apuntar que la mayoría de los estudios realizados para encontrar vínculos directos entre sus productos y enfermedades como el cáncer o la depresión eran observacionales, es decir, basados en encuestas. En este tipo de investigación, los científicos no intervienen directamente, sino que observan lo que la gente hace de forma natural y después buscan asociaciones entre esos hábitos y ciertos resultados de salud. Esto permite detectar patrones, pero no puede demostrar relaciones de causa–efecto con certeza absoluta, porque no controla elementos como el nivel socioeconómico, el estrés, el sedentarismo o hasta la masticación. Realizar un estudio no observacional implicaría encarcelar a miles de participantes en un ambiente controlado y forzarles a alimentarse de fruta y verdura o de patatas chips durante años, violando unos cuantos derechos humanos y otros tantos tratados internacionales por el camino.
Pero esta misma estrategia científica permitió vincular el tabaco con el cáncer, el amianto con los tumores de pleura y la contaminación atmosférica con las enfermedades respiratorias. Y hoy el trabajo de The Lancet puede marcar un punto de inflexión y significar un cambio de paradigma. La fuerza del conjunto de análisis y estudios presentados es robustísima y llama a tratar el conglomerado de empresas de los ultraprocesados como se trató a las grandes tabacaleras: como una cuestión de salud pública. Regular no es atacar la libertad: es la única forma de recuperarla.
¡Qué bonita es España y cómo nos gusta su clima y su tierra! Y es que, es precisamente esta combinación la que hace posible que se haya convertido en el primer productor mundial de aceite de oliva. ¿Quieres conocer paso a paso el proceso de producción del aceite de oliva en España? Entonces, sigue leyendo.
Cultivo
Aunque España en su conjunto es productor de aceite de oliva, las zonas de Extremadura y Andalucía presentan unas cualidades perfectas para el cultivo de las aceitunas. Juntas, suman más del 80% de la producción española de este exquisito zumo de aceitunas.
Recolección
La época de recolecta de la aceituna en España tiene lugar entre los meses de octubre y enero. Pero es importante destacar que la calidad del aceite puede variar en función de dicha recolecta. Así, las aceitunas que se extraigan al principio de la campaña serán las que se destinen a la elaboración del aceite de oliva virgen extra, de mayor calidad que el resto de aceites.
Molienda
Una vez las aceitunas son transportadas a las almazaras, comienza el proceso de molienda. Como el nombre indica, la maquinaria que se usa se llama molino, que tritura las olivas enteras con hueso. De ahí se obtiene una pasta que, seguidamente, se bate para homogeneizarse y ayudar a la extracción del aceite final.
Extracción
Ya se empiezan a apreciar los aromas del aceite de oliva. ¿Lo notas? Llegados a este punto, toca extraer el zumo final. Primero, la masa obtenida de la molienda pasa por un prensado y seguidamente por un decantador, que centrifugará el producto para convertirlo en el aceite, tal cual lo que conocemos.
Ya podemos disfrutar de nuestro aceite de oliva favorito, con un sabor único y unos aromas inconfundibles. Todo esto gracias al proceso de producción del aceite de oliva que en España se lleva a cabo.
Cuando pensamos en la comida, únicamente pensamos en el sabor, pero existe un factor que puede determinar si nos gusta o no el alimento: la textura.
La Ciencia y la Innovación en la Textura
Entender cómo la textura afecta a nuestra manera de procesar los alimentos puede ser crucial para entender y crear nuevos productos:
Alimentos para necesidades especiales: Uno de los campos más nobles es el desarrollo de dietas de textura modificada para personas con disfagia (dificultad para tragar). Los avances han permitido crear geles, espumas y alimentos moldeados con formas familiares (como un trozo de pescado o una fruta) que se deshacen en la boca con seguridad, preservando la nutrición, la dignidad y el placer.
El futuro con Inteligencia Artificial: La IA está comenzando a revolucionar este campo. Los científicos utilizan algoritmos para predecir cómo interactúan diferentes ingredientes, acelerando el desarrollo de nuevas texturas. Esto es muy útil en áreas como las alternativas de origen vegetal, donde replicar la textura de la carne o del queso lácteo es fundamental.
La próxima vez que comas presta atención no solo a los sabores sino a si el alimento es suave, crujiente, quebradizo, gomoso, aireado o cremoso. Al hacerlo, estarás apreciando una de las dimensiones más complejas de la alimentación.
Creada en 1982, La Fageda es una fundación sin ánimo de lucro que en 2024 ingresó 37,39 millones de euros, principalmente gracias a la fabricación de productos lácteos, que aportaron 28,08 millones.
El proyecto, que produce yogures, mermeladas, helados, postres e incluso ofrece un servicio de jardinería, saltó a la fama tras un estudio sobre Maria Branyas, quien hasta agosto de 2024 fue la mujer más longeva del mundo, con 117 años, y mencionaba que consumía estos yogures.
La fundación fue impulsada por el psicólogo Cristóbal Colón para ofrecer empleo a personas con discapacidad intelectual y se ubica en el Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa (Girona). Según Esther Carreras, responsable de Comunicación, han recibido interés internacional desde países como Reino Unido y Estados Unidos, aunque actualmente no exportan sus productos.
En Cataluña, los productos de La Fageda son consumidos por 2,8 millones de personas, con una penetración del 32,4% según la consultora Kantar. En 2024, la facturación aumentó un 7,3% respecto a 2023, y los beneficios superaron el millón de euros, después de dos años de pérdidas debido al encarecimiento de materias primas y energía. Todos los beneficios se reinvierten en el proyecto.
La mayor parte de los ingresos proviene de productos lácteos (yogures y postres como la crema catalana), seguido de mermeladas (1,05 millones de euros), jardinería (918.468 euros) y helados (656.290 euros). Además, sus instalaciones recibieron la visita de 48.390 personas interesadas en conocer la iniciativa durante el año pasado.
La Fageda también cuenta con su propia finca, Els Casals, con una cabaña de 257 vacas y terneros frisones, de las cuales 122 son vacas adultas para la producción de leche y el resto terneras jóvenes para reposición. Toda la leche generada se destina a la elaboración de yogures; la cantidad que falta se adquiere de otras explotaciones de la comarca de Olot, certificadas por la Fundación y una entidad independiente.
En el cine italiano, la comida nunca es un simple elemento escenográfico: es símbolo de afecto, identidad, memoria y cambio. A través de las imágenes del acto de comer, el público puede redescubrir la historia de Italia, sus contradicciones y sus transformaciones.
Este breve artículo explora cómo, desde la posguerra hasta la actualidad, la relación entre comida y cine ha contribuido a definir no solo relatos cinematográficos, sino también la identidad cultural del país.
Identidad cultural y memoria
El cine italiano utiliza la mesa como símbolo de pertenencia, de raíces regionales y de historia colectiva. La comida aparece vinculada a los afectos familiares, a la infancia y a los ritos cotidianos del convivir. Es una forma de contar Italia a través de sus sabores y tradiciones.
Transformaciones sociales
Desde los años difíciles del periodo de posguerra hasta la abundancia del “boom económico”, las imágenes del alimento cambian de significado: de la necesidad y la escasez a la ostentación y la modernidad. El modo en que se come refleja los cambios económicos, sociales y culturales del país.
El contraste pobreza-opulencia
El cine italiano ha sabido jugar con el contraste entre la pobreza y la abundancia. En muchas películas, el alimento sirve para mostrar desigualdades o aspiraciones de movilidad social. El plato vacío o el banquete exagerado se convierten en metáforas visuales del país y de su evolución.
Comedia y vida cotidiana
Incluso en las comedias más ligeras, el acto de comer es parte esencial de la narración. Las escenas en torno a la mesa muestran relaciones, gestos de hospitalidad y costumbres. La comida une a los personajes y, al mismo tiempo, los define.
Observar una escena de mesa en el cine italiano es mirar un espejo cultural. En cada plato y en cada gesto se condensa una historia: la de un pueblo que ha hecho del comer un arte, un rito y una forma de identidad.
La comida en el cine italiano no solo alimenta el cuerpo, sino también la memoria y la mirada colectiva.
El Gobierno de Navarra, a través del Departamento de Industria, Transición Ecológica y Digital Empresarial, ha concedido una financiación de 3,57 millones de euros a tres nuevos proyectos de investigación y desarrollo (I+D) que se centrarán en la alimentación saludable y sostenible durante el periodo 2025-2028. Esta inversión se alinea con la Estrategia de Especialización Inteligente S4 de la Comunidad Foral, que prioriza el sector agroalimentario por su alta competitividad.
Los tres proyectos estratégicos seleccionados para recibir la financiación son ALIMPACK, LEGUNOVA y NUTRACAPS. Sus líneas de trabajo abarcan áreas clave para el futuro de la alimentación, incluyendo: el desarrollo de soluciones de embalaje sostenible que mejoren la preservación de los alimentos, el aprovechamiento integral de leguminosas, y la investigación de nuevos compuestos bioactivos.
Este anuncio se realizó durante el evento estratégico S4 ALPES, celebrado en Olite, que reunió a representantes del tejido industrial, universitario y centros tecnológicos. El consejero de Industria, Mikel Irujo, destacó el liderazgo de Navarra en inversión en I+D, situando su gasto sobre el PIB en un 2,34%, la cifra más alta a nivel estatal, con un incremento del 39,5% respecto al año anterior.
El evento no solo sirvió para anunciar las nuevas ayudas, sino también para fomentar la colaboración sectorial y abordar los desafíos en el reto ALPES (Alimentación Saludable y Sostenible, especialmente Vegetal). Entre los temas debatidos se incluyeron los avances en la investigación de agentes moduladores de la microbiota intestinal, la valorización de subproductos agroalimentarios, y la aplicación de tecnologías de digitalización y nuevos envases biodegradables en la cadena de frío. Con estas acciones, Navarra busca consolidar su posición de ventaja en el sector a través de la transferencia de conocimiento y la innovación.
Los alimentos ultraprocesados (AUP) se han convertido en un gran problema ya que son cada vez más comunes en nuestra sociedad y sobre todo en las nuevas generaciones. Su consumo se está elevando en tal manera que conlleva ya un problema de salud pública comparable con el tabaquismo.
Con la necesidad de crear conciencia colectiva de la población para evitar los riesgos de salud que el consumo de ultraprocesados podría conllevar, los investigadores proponen el etiquetado de alerta en los envases, similar al de tabaco. De esta forma se buscaría reducir el consumo mediante una consciencia activa. Esto conllevaría un posible pérdida de beneficios en la industria alimentaria, por lo que esto supone una preocupación para el sector.
La alarma la ha lanzado un grupo de 43 expertos internacionales con artículos publicados en la revista «The Lancet» que reflexionan sobre el peligroso aumento de alimentos ultraprocesados en la dieta mundial. Acercándonos a nuestro país, España es uno de los países donde mas ha crecido el consumo de AUP, en los últimos 30 años hemos pasado de un 11% a un 32% de calorías diarias procedentes de AUP.
De consistencia gelatinosa, las etiquetas contienen lo que los expertos denominan «nanorods», objetos a escala nanométrica que varían de color (rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta) en función del estado en el que se encuentre el alimento. Esta etiqueta de colores indica la calidad de un alimento de manera indirecta y no destructiva.
La etiqueta de colores indica la calidad de un alimento de manera indirecta y no destructiva
Del tamaño de un grano de maíz, la configuración de colores identifica el rojo (anaranjado o rojizo) con fresco. El tono puede ir cambiando a naranja, amarillo y verde, lo que indica que el alimento está ya deteriorado. Si la etiqueta indica que el producto debe mantenerse fresco durante 14 días pero el color es naranja, significa que el alimento no se conservará en buen estado durante todo el periodo, sino que este quizás se reducirá a la mitad.
El indicador colorimétrico permite conocer al instante el grado de deterioro del producto. La etiqueta también dejaría saber si el alimento se ha expuesto, en algún momento del proceso, a temperaturas más altas y, por tanto, podrían haberse deteriorado más pronto de lo que cabría esperar.
Presentada en la 247ª Reunión Nacional de la Sociedad Americana de Química (ACS), la técnica se ha patentado en China y los primeros resultados se han publicado en la revista ACS Nano. Los expertos han desarrollado y probado las etiquetas utilizando E. coli en la leche como modelo de referencia y tras sincronizar varias temperaturas con los procesos de crecimiento de patógenos. Los reactivos que se han usado en la etiqueta no son tóxicos, y algunos de ellos son la vitamina C, ácido acético y ácido láctico. Los expertos confían en seguir desarrollando la etiqueta y crear un protocolo estandarizado para la industria alimentaria.
Envases activos e inteligentes
Si las etiquetas pueden avisar cuándo un alimento empieza a estropearse, el sector de los envases alimentarios también progresa para garantizar la calidad y vida útil de los alimentos. Los envases van más allá de ser un simple contenedor de alimentos que espera a que se consuman sus productos. Estos envases que «hablan» ejercen cada vez nuevas y numerosas tareas, como alargar la vida útil de los alimentos frescos o alertar de si un alimento ha caducado. Es importante el avance de los envases activos y los envases inteligentes.
Envases activos. Ejercen una doble función: por un lado, aportan compuestos que protegen el alimento y, por otro lado, absorben los que pueden dañarlo. Por tanto, interaccionan con su contenido para ampliar el tiempo de conservación o mejorar el estado. En su elaboración suelen emplearse materiales activos como nanopartículas o antioxidantes y antimicrobianos naturales.