Cuando las palabras se mezclan con los sabores, las descripciones culinarias cobran vida en la literatura. Descubra a los autores que han utilizado la comida como un elemento esencial para tejer historias o para despertar el apetito por la lectura.
“El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón… con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con el óxido de lata”. Así inicia la novela El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez. Hace algún tiempo, una querida amiga me decía que para ella esa era la mejor descripción de la miseria: la falta de café en una cocina. Los pequeños rituales domésticos de preparación de los alimentos, los aromas, las texturas, los colores y los sabores han encontrado siempre su espacio en la literatura. Recetas, semillas mágicas, cenas magníficas, mesas elegantes, ingredientes misteriosos aparecen de un modo u otro en novelas, cuentos y poemas. La gastronomía es un elemento fundamental para crear universos, para describir prácticas y relaciones culturales y para experimentar con el lenguaje.
Los clásicos y la comida
La literatura puede ser un testimonio de las tradiciones alimentarias de otras épocas. Sobre la comida en la literatura clásica, Adolfo Egea Carrasco, en su investigación La poesía gastronómica latina, hace un recorrido por las recetas de la cultura grecorromana. Aunque la dieta mediterránea tuviera su eje en los cereales, la vid y la oliva, el poeta heleno Ananio, quien escribió un Calendario gastronómico, también describe peces y diferentes tipos de carnes que se consumían según la estación:
Agradable es comer a fines de otoño carne de cabritilla,
y comerla de lechón cuando se pisa y machaca la uva…
Después viene del mar el atún, alimento no malo,
sino eminente entre todos los peces en salsa myttõtós.
Los romanos, admiradores de la literatura griega, no tardaron en crear sus propios poemas gastronómicos. El comediógrafo Plauto, en su Rudens, presenta un catálogo de productos del mar en el que se mencionan “erizos, lapas, ostras, bálanos, conchas, ortiga marina, mejillones y plagusias estriadas”.
Aunque la comida que aparecía en la mesa de ricos y pobres en Roma era bastante distinta, el pescado era un denominador común. Juvenal, en el libro V de sus Sátiras, dice que los mares romanos se estaban quedando vacíos de tanto pescado que se consumía y debían importarlo desde Córcega.
El poeta Horacio, en el segundo libro de sus Sátiras, presenta las partes de una cena romana y lo que se servía: para entrada, huevos, col, setas, moras y mariscos. De plato fuerte, animales de caza como el jabalí, el cabrito, la liebre. Para el postre, los vinos, los remedios para la ebriedad y las frutas. Mención aparte merece De re coquinaria, de Marco Apicio, un recetario completo que brinda gran información sobre la alimentación en la antigua Roma. Aunque su intención no fue crear literatura como la de Ananio, Juvenal, Horacio o Virgilio, sí ha permitido que cocineros actuales, como Paolo Magnanimi, elaboren sus recetas al estilo de la Roma imperial.
Platillos de ficción en la vida real
Algunas de las recetas que encontramos en la ficción se han trasladado a la vida real. Por ejemplo, las delicias culinarias de la novela Como agua para chocolate de Laura Esquivel: la tortita de Navidad, las codornices en pétalos de rosa, el mole de guajolote con almendra y ajonjolí, han sido recreadas por el chef mexicano Rómulo Mendoza, quien las ofrece en su restaurante Roldán 37.
Lo mismo sucede con la famosa sopa de la reconciliación, que aparece en Afrodita, y que tiene la propiedad de apaciguar a los amantes. Este guiso se hace con tres variedades de hongos, y su receta y preparación la presenta la chef Julissa Pieter.
A propósito de sopas, uno de los más célebres potajes literarios es la caldereta de almejas o clam chowder, de la novela Moby Dick de Herman Melville. En el capítulo XV, el narrador y su compañero Queequeg llegan a la posada Las Marmitas, donde les recibe la patrona, y les pregunta si quieren almeja o bacalao. El protagonista piensa que se le ofrece una sola almeja para dos, pero recibe una sorpresa:
«Un cálido vapor apetitoso que salió de la cocina logró desmentir las perspectivas en apariencia tan lúgubres para nosotros. Cuando la humeante cazuela llegó, el misterio quedó deliciosamente resuelto. ¡Oh, dulces amigos, escuchen esto! Estaba hecha de pequeñas almejas jugosas, apenas más grandes que una avellana, mezcladas con galleta marinera desmenuzada, cerdo salado, el conjunto enriquecido con manteca y espléndidamente condimentado con sal y pimienta».
Aunque la caldereta de almejas ya era un plato tradicional de Nueva Inglaterra, Kate Young, escritora y chef, creó una versión al estilo Melville, que se puede ver.
En la literatura infantil los alimentos están siempre presentes. Clásicos como la casita de chocolate de Hansel y Gretel o Huevos verdes con jamón del Dr. Seuss contienen preparaciones divertidas, deliciosas o indeseables. Algunas de las preparaciones pueden elaborarse en casa, como Las riquísimas recetas repulsivas de Roald Dahl, un libro que instruye paso a paso en la preparación de platillos tomados de las obras del autor de Charlie y la fábrica de chocolate. Y si lo que se quiere es crear una comida de cuento de hadas.
J. K. Rowling, autora de Harry Potter, llenó su universo mágico con comida maravillosa: ranas de chocolate, caramelos Bertie Botts, cerveza de mantequilla. Esta última, al parecer, existió en realidad, en la época de los Tudor, en Inglaterra. Ahora hay muchas versiones, algunas contienen crema de soda, jarabe de caramelo de mantequilla, extracto de mantequilla y crema batida.
Para cocinar elegantes cenas u hornear pastas para tomar con el té, una gran fuente de inspiración son las novelas de Jane Austen. Por ejemplo, Pen Vogler ha escrito el libro Cena con el Sr. Darcy, un compendio de recetas tomadas de las obras de la escritora británica: sopa blanca, cerdo asado y bollos. Siguiendo sus instrucciones, se pueden preparar algunas delicias para salir a un día de campo de inspiración victoriana.
Alejandro Dumas, además de escribir grandes clásicos de la literatura como Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, era un amante de la buena mesa. No solo incluyó las referencias culinarias en sus novelas, sino que dedicó sus últimos días a producir el Gran diccionario de cocina, publicado en 1873, después de su muerte. Este libro incluye recetas, descripción de productos, chismes sociales y recomendaciones para ser un buen anfitrión, escritos en un lenguaje ameno y brillante, lo que le convierte en una verdadera obra literaria.
Sobre la cocina española, una autoridad literaria fue la polifacética Emilia Pardo Bazán. Entre el siglo XIX y el XX, esta escritora había consagrado su tiempo a editar nueve volúmenes de la Biblioteca de la mujer, una colección de libros con textos feministas.
La obra no tuvo la recepción esperada, ni siquiera suscitó discusión, el desinterés del público contrarió a Pardo Bazán, quien se propuso escribir un libro de cocina como respuesta, porque al parecer era el espacio que la sociedad le permitía a la mujer. En el prólogo de La cocina española antigua, explica con ironía que, ya que el tema del género no le interesa a nadie, se dedicará a contribuir a la economía doméstica. Desde luego, su libro de cocina no era un sencillo compendio de recetas, sino un delicioso texto lleno de referencias filosóficas y literarias, que demostraba la erudición y el brillante estilo de la autora.
En 1973 la poeta y chef Victoria McCabe escribió cartas a los más conocidos poetas de su tiempo, pidiéndoles compartir sus recetas favoritas. Así surgió el libro John Keats’s Porridge: Favorite Recipes of American Poets, en el que aparecen comidas como el borsche, que es una sopa de Europa oriental, cuya receta fue compartida por Allen Ginsberg. También está el pan de Pascua con anís de la escritora Joyce Carol Oates. En la introducción del libro se advierte que la cocina es una metáfora del trabajo poético, pues el poeta es capaz de transformar ingredientes básicos (palabras) en pociones mágicas.
BIBLIOGRAFÍA
La gastronomía en la literatura – Revista Mundo Diners