Hola gastrónomos!
Hoy vengo con un post que tenía muchas ganas de escribir: la comida en el cine. Aunque puede parecer un argumento más bien destinado a la sección Cine y Gastronomía que escribe mi compañero Santi Alverú, hoy seré yo quien me adentre en el mundo del celuloide para extraer algunas escenas que personalmente me han marcado.
Hay a quien le gustan los coches de las películas, la moda o fijarse en los errores que en ocasiones los directores cometen rodando una película. Yo me fijo en los platos, en las botellas de vino o en los restaurantes en los que los protagonistas desarrollan sus diálogos ya que creo que esto dice mucho del director y el puesto que le da a la gastronomía en la sociedad.

Muchos cineastas hacen continuas referencias a productos enogastronómicos en películas que nada tienen que ver con el mundo culinario. Uno de los más recurrentes, en el caso del vino, es Woody Allen.
Volviendo a la infancia me viene a la mente otra escena un poco menos glamurosa pero que, seguro, todos los que vimos el filme Matilda recordaremos eternamente. Bruce comiendo tarta de chocolate. Yo sentía una mezcla de sensaciones entre «quiero ese pastel, pobre Bruce va a explotar y que asco de tarta».
De esa misma película también me encantaba la escena en la que Matilda prepara su desayuno, la delicadeza con la que come sus bombones de antes de ir a dormir o la tartaleta que se zampa gracias a una discusión de sus alocados padres.
Ahora hacemos un salto espacio temporal y nos vamos a la Revolución Francesa, Maria Antonietta ante el problema de un pueblo francés hambriento propone «qu’ils mangent de la brioche» (que coman pasteles).
Y volviendo a la España de nuestros días, en Ocho Apellidos Vascos de una manera cómica representan una «cena del norte», la cultura gastronómica vasca y como el protagonista quiere demostrar a su suegro que es un «auténtico» vasco comiendo como un norteño para acabar después devolviendo en la puerta del restaurante. ¿Será verdad que somos tan comilones?









